El Secreto mesiánico

«Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió mucha gente de Galilea. Al enterarse de lo que hacía, también fue a su encuentro una gran multitud de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de la Transjordania y de la región de Tiro y Sidón.

Entonces mandó a sus discípulos que le prepararan una barca, para que la muchedumbre no lo apretujara. Porque, como curaba a muchos, todos los que padecían algún mal se arrojaban sobre él para tocarlo. Y los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!».

Pero Jesús les ordenaba terminantemente que no lo pusieran de manifiesto» (Mc 3,7-12).

 

La multitud que busca a Jesús recurre a él a causa de su fama como obrador de milagros. Esa misma gente es la que contribuye a que la fama de Jesús crezca aún más:

«Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban» (Mc 7,36).

Este amplio radio de transmisión fuera del grupo de los discípulos (Judea, Idumea, la Transjordania y la región de Tiro y Sidón), probablemente se habría interesado por los aspectos más sensacionales de la actividad de Jesús, y habría desatendido los puntos centrales del mensaje del Evangelio, a los que estaban ligados los milagros, como la vinculación entre sanación y conversión.

El Evangelio de Marcos habría integrado algunos relatos de divulgación popular, que reflejaban la creencia general en los milagros. Pero a la vez muestra a un Jesús que se opone a tal tipo de divulgación.

  • El «secreto mesiánico» de Jesús buscaría corregir una imagen suya que fascinaba, no sólo a la multitud del pueblo, sino también a muchos en la comunidad de los discípulos.
  • Marcos integra estas tradiciones populares en su Evangelio, pero combina dichos relatos con la decisión de seguir a Jesús, que incluye la pasión. Sólo así los milagros alcanzan su pleno significado y la curación llega a ser verdadera salvación para el hombre.

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 4 de agosto de 2016

    Señor, dejo resonar en mis oídos este Evangelio de hoy. Dejo que me llegue al corazón. Lo leo entero pero hay una pregunta que se me queda metida en las tripas: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

      Me da miedo contestarla. Porque la teoría me la sé de memoria. Podría recitar el credo. Podría decir que sé que tú eres el Hijo de Dios, que eres Jesús el que vino a salvarnos, el que con sus palabras y sus actos nos demostró el amor con que Dios nos ama. Podría rellenar unas cuantas páginas diciendo todo aquello en lo que creo. Tu nombre, Jesús, aparecería una y otra vez. He escuchado muchas homilías en mi vida. He leído algunos libros sobre ti. He tenido los Evangelios en mis manos. Sé muchas cosas de ti. 

      Pero me da vergüenza contestar a esa pregunta porque sé que todo eso que sé no lo he hecho vida. Que lo sé pero que no lo vivo. Que mi boca dice unas cosas pero que a veces mi vida dice otras. 

      Y no es que no me esfuerce. De verdad, que muchas mañanas me propongo ser mejor, perdonar, olvidar las ofensas, reconciliarme con aquellos con los que tengo pendencias, compartir con más generosidad las cosas que tengo… Pero luego viene el peso del día y las horas y me sale el egoísmo y la comodidad y tantas cosas que me hacen olvidar esos buenos propósitos. Y, ¿qué queda al final del día de los buenos propósitos de la mañana?

      Por todo ello, Señor, me da miedo responderme y responderte a la pregunta que me haces. Ni siquiera tengo el mismo arrojo, o pura inconsciencia, de Pedro que responde a bote pronto: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Quizá porque sé que esa confesión debe estar acompañada no sólo de buenas intenciones sino también de obras. Ya sé aquello del refrán: “obras son amores que no buenas razones.”

      Quiero responderte, Señor. Lo quiero hacer con mi vida. Pero te ruego que comprendas también mi debilidad. Y que emplees conmigo, con todos nosotros, un mucho de tu gran misericordia. Te pido que me mires como mirabas a aquellos que se te acercaban, cuando andabas por los caminos de Galilea, enfermos y heridos por la vida porque veían en ti su esperanza, su única esperanza para sanar. Hoy te miro yo también así, Señor. No hagas caso de mis grandes palabras, de mi fachada, a veces tan llena de meras apariencias. Y mírame como soy, por mucho que me cueste reconocerlo: pobre y necesitado de tu ayuda, de tu mano, de tu gracia, de tu misericordia. 

      Quiero responderte, Señor, pero me hace falta tu gracia. Cuento con ella. Cuento contigo.

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 3 de agosto de 2016

      A veces tenemos una idea de Jesús como si hubiese sido una especie de extraterrestre. Alguien que, aún con apariencia humana, en realidad su ser Dios le evitó todos los proceso normales por los que pasamos las personas. Nada de eso. Dios no hace ninguna cosa a medias. Y, cuando se encarnó, lo hizo de verdad. Es decir, asumiendo todos los procesos humanos en toda su profundidad y anchura. Jesús fue niño con todo lo que eso implica. Jesús vivió sometido a los procesos de crecimiento y maduración normales en su época. Jesús fue hijo de su cultura. Nació judío. Pensó como judío. Hablaba como judío.

      Pero todo eso estaba fecundado por esa presencia de Dios que le hacía vivir de otra manera y atisbar otros horizontes para su vida y para la vida de todos aquellos con los que se encontraba.

      El texto evangélico de hoy es uno de los momentos concretos en los que vemos a Jesús dar el salto más allá de lo normal y situarse en una perspectiva nueva y diferente. No sin dificultad, Jesús es capaz de situarse más allá de los prejuicios culturales. De los que existían entre los judíos, como existen en todas las culturas.

      Seguramente que lo primero que pensaron tanto Jesús como sus discípulos, al oír las palabras de aquella mujer cananea, era que lo normal es que su hijo tuviese un demonio muy malo porque ella misma era un demonio. Esa era la forma normal de pensar de los judíos sobre los paganos, sobre los de fuera, sobre los que adoraban a otros dioses. Tener contacto con ellos era motivo de impureza. Era parte de castigo por el pecado de Israel que su misma tierra estuviese llena de todos esos hombres y mujeres “impuros” que no reconocían al verdadero Dios, al único, al Dios de Israel.

      Jesús no la rechaza directamente pero dice, de entrada, que él sólo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Es la mujer la que, con sus palabras, provoca a Jesús, despierta en él algo más profundo y le hace darse cuenta de que el amor de Dios es para todos, sin excepción y que se expresa y se manifiesta allí donde encuentra un corazón abierto y receptivo.

      En ese momento, Jesús fue capaz de superar los prejuicios de raza y de cultura. En su proceso de crecimiento humano se dio cuenta de que la humanidad es una sola. Y que no hay razón para discriminar por razón de etnia, de origen, de color, de religión, de cultura, de lengua, de nada. Que todos somos hermanos y hermanas y que el amor de Dios es para todos sin que nadie pueda quedar nunca excluido.

      Estaría bien que nosotros, que queremos seguirle, fuésemos también superando los muchos prejuicios que a veces llenan nuestras vidas. Hasta llegar a ver en el otro un hijo/hija de Dios. Un hermano siempre.

Comentario al Evangelio de hoy viernes, 22 de julio de 2016

      ¿Cuál es la imagen más habitual que tenemos de María Magdalena? No hace falta más que mirar a los cuadros de siglos pasados y a las imágenes de muchas iglesias. Se ve casi siempre a una mujer muy austeramente vestida y entregada a la penitencia imaginamos que a causa de sus muchos pecados. 

      No se entiende muy bien la razón por la que se terminó identificando a la pecadora que lava con sus lágrimas los pies de Jesús con María Magdalena. En cualquier caso, María Magdalena pudo haber sido lo que fuera. ¿Quién no tiene una historia guardada en su baúl, en el pasado? ¿Quién puede dar un paso al frente y decir que tiene las manos y el corazón y todo su ser limpio como una patena? A los que iba a apedrear a la mujer a la que habían encontrado en pleno adulterio, Jesús les dijo con mucha tranquilidad que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. 

      Así que nos da lo mismo lo que fuese o hiciese María Magdalena antes de conocer a Jesús. Es irrelevante. Lo importante fue el momento en que se encontró con él y se convirtió en una de sus discípulas. Y debió ocupar en el grupo de seguidores de Jesús un puesto importante porque el evangelista Juan le hace aparecer como prácticamente la primera misionera, la primera evangelizadora, la primera testigo de la resurrección, la primera a quien se aparece el resucitado. 

      De Pedro y Juan se dice que fueron al sepulcro, que lo encontraron vacío y que creyeron. Pero el relato termina diciendo que “regresaron a casa”. Ahí se quedaron. María se queda fuera. El Maestro se le aparece, resucitado. Y a ella se le hace el encargo de ir a decir a los hermanos que ha resucitado. Y es lo que hace: “fue y contó a los discípulos que había visto al Señor y también lo que él le había dicho.”

      Si queremos ser evangelizadores no tenemos más que imitar a María. Hay que rondar el sepulcro. Nada de “volverse a casa” como Pedro y Juan. Hay que estar ahí. Hay que leer la Palabra. Hay que abrir los ojos. Hay que dejar que Jesús nos encuentre en vela. Y luego ir y decir a los hermanos que hemos visto al Señor y lo que nos ha dicho. No es un mensaje para quedárnoslo en exclusividad. Es para comunicarlo, para regalarlo, para compartirlo. 

      En la Iglesia el mandato primero, fundamental y casi único es “anunciar la buena nueva del Reino.” María Magdalena, mujer, es la primera evangelizadora. ¿Por qué no la imitamos?

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 21 de julio de 2016

Desde hace unos años se han puesto de moda novelas y películas con un tema muy parejo: en todas ellas se habla de un misterio muy importante, del que el protagonista tiene que seguir la pista pasando por pruebas y dificultades a cuál más complicada y difícil de superar. El misterio tiene siempre un calado “misterioso” que afecta a la supervivencia de la vida en el planeta, al futuro de la humanidad. El protagonista se constituye en salvador de la humanidad al defender el misterioso secreto de las fuerzas del mal que se intentan apoderar de él para dominarnos y destruirnos. Seguro que la mayoría de los lectores de estas líneas podrían poner ahora mismo sobre la mesa los títulos de varios películas y novelas con un tema muy parecido. 

      La realidad es mucho más rutinaria. No existe ese gran secreto. No existe ese gran misterio. No hay salvadores en los que confiar ciegamente. Las fuerzas del mal no andan por ahí amenazándonos. En realidad, todo se juega en nuestro corazón y en las relaciones entre las personas. Como Jesús dice en el Evangelio de hoy: “a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino”.

      ¿Qué misterio es ése? No está escondido ni hay que superar pruebas imposibles para conocerlo. Está ahí. En la vida de Jesús, en sus palabras, en sus hechos. El misterio es el amor de Dios. El misterio es el Reino. El misterio es que la salvación no viene a nosotros ni a nuestro mundo de una forma milagrosa, de golpe o por la intervención de un héroe sino que es fruto del esfuerzo, del compromiso, del trabajo diario en favor del Reino. 

      La salvación no es algo que está en el futuro sino que la vamos actuando ya aquí y ahora cuando nos comportamos como Jesús, cuando trabajamos por la justicia y la fraternidad, cuando acogemos a todos, cuando los marginados y rechazados encuentran en nuestra casa la acogida que les dedicó Jesús. La salvación se nos da cuando somos capaces de amar gratuitamente y sin pedir nada a cambio. 

      El milagro verdadero es el de la fidelidad al Evangelio en el día a día de nuestras vidas. El misterio del Reino se transparenta en las cosas más sencillas del día a día: en el cariño de unos esposos y en la sonrisa de un niño, en el trabajo del juez que se esfuerza por hacer justicia de forma imparcial y en el político (que también los hay) honesto que dedica su vida al servicio del bien común. 

      Se están produciendo miles de milagros de esos cada día. Hay millones de héroes que están salvando al mundo y a mí mismo, que escribo estas líneas y que quizá no hago todo lo que debiera hacer para transparentar con mi vida y mi forma de comportarme el misterio del Reino. Que no seamos de esos que han cerrado los ojos y los oídos a ese despliegue del amor de Dios en nuestro mundo que son los millones de personas que viven comprometidos en crear un mundo mejor y más justo y más hermano.

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 20 de julio de 2016


Atención a la primera lectura. Es el comienzo del libro del profeta Jeremías y el profeta nos cuenta como se sintió llamado a ser profeta. Él no quería. Él no se sentía digno de semejante encargo. Puso todas las dificultades posibles. Pero el Señor quería y cuando Dios quiere algo, lo suele conseguir. El profeta podía estar seguro de que iba a tener la presencia y la gracia de Dios con él. No tenía nada que temer. Su misión consistiría en “arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar”. Todo eso y por ese orden. 

      A veces pensamos que ser profeta es conocer el futuro, adivinar lo que va a suceder, los castigos o los premios que van a venir sobre nosotros si nos portamos mal (castigo) o nos portamos bien (premio). En el Antiguo Testamento, el profeta no es el adivino sino simplemente el vocero de Dios. Es una especie de altavoz que tiene como deber fundamental recordar al  pueblo la Palabra y la Ley de Dios. 

      Por eso su misión no es sentarse delante de la bola de cristal y adivinar el número de la lotería que va a tocar en el sorteo de dentro de una semana. Su misión es proclamar la palabra de Dios sin acepción de personas (“ante pueblos y reyes”) para ayudar a arrancar las malas hierbas que nacen en nuestros corazones (arrancar, arrasar, destruir, demoler). Pero sobre todo, para promover lo mejor de nosotros, para que seamos conscientes de que Dios está con nosotros, de que nos ama, de que somos su pueblo. El profeta está, sobre todo, para edificar y plantar la nueva ciudad, la nueva Jerusalén, donde todos se sentirán como en casa porque Dios estará en medio de todos. 

      En el Evangelio de hoy se cuenta la parábola del sembrador que siembre la semilla y luego la tierra da su cosecha de acuerdo con su calidad. Pero la parábola no nos cuenta el trabajo que tiene el agricultor antes de sembrar. La tierra hay que roturarla, allanarla, limpiarla. Todo eso es necesario para que esté preparada para recibir la semilla. Y sin ese trabajo no podrá dar su fruto. 

      El profeta es el que prepara la tierra y luego siembra la semilla de la palabra y del amor de Dios para con nosotros. Él no es el protagonista de la historia. El protagonista es Dios mismo, es la semilla, es la palabra que crece en el corazón de cada hombre y mujer. La cosecha será el fruto de amor para la vida del mundo que brotará de esa semilla hecha planta. 

      Cada vez que amamos, que decimos una palabra de consuelo, que actuamos con justicia, que creamos fraternidad en medio del odio, que devolvemos la esperanza al que la ha perdido, allanamos, roturamos, limpiamos y plantamos la semilla. Ese es nuestro deber. Como lo hizo Jeremías. El resultado, la cosecha, ya no depende de nosotros. Crecerá en el misterio del corazón de cada persona. A nosotros sólo nos quedará contemplar agradecidos como va creciendo la mies.

¿Por qué los judíos y los católicos usamos imágenes?

1. No diremos más “¡Dios nuestro!” a la obra de nuestras manos

Hay un texto de la Biblia, Oseas 14, 2-10, en que el profeta del amor de Dios nos sigue mostrando el corazón compasivo de nuestro Dios y nos enseña una oración breve para pedir perdón a Dios, expresándole nuestro arrepentimiento y propósito de enmienda.

El versículo 4 es muy importante para dilucidar el tema de la idolatría:

Asiria no nos salvará, ya no montaremos a caballo, ni diremos más “¡Dios nuestro!” a la obra de nuestras manos, porque sólo en ti el huérfano encuentra compasión (Os 14, 4).

La idolatría consiste en darle a la imagen un culto equivocado. Como se nota en este pasaje bíblico, la idolatría consiste en llamar “Dios” a lo que hemos hecho con nuestras manos.

En la Iglesia católica no adoramos a las imágenes ni pensamos que sean dioses, ni les damos ese nombre, que sólo corresponde al Altísimo.

Leer también: ¿Los católicos adoran las imágenes?

2. Excavan unos mosaicos deslumbrantes en una antigua sinagoga de Israel

El 7 de julio de 2016, The National Geographic publicó, en su sitio de Internet una importante noticia sobre el hallazgo de unos bellísimos mosaicos en una antigua sinagoga del norte de Israel. Este es el link de la noticia (
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/excavan-unos-mosaicos-deslumbrantes-antigua-sinagoga-israel_9537 ).

Los mosaicos, ubicados en la nave central de la sinagoga, representan dos relatos bíblicos: el Arca de Noé y la separación de las aguas del mar Rojo por Moisés.

En el panel del Arca de Noé aparece la legendaria embarcación rodeada de pares de animales como elefantes, leopardos, burros, serpientes, osos, leones, avestruces, camellos, ovejas y cabras.

En el panel del mar Rojo aparecen los soldados del faraón y unos peces grandes que se los intentan tragar, además de carros de guerra volcados con sus respectivos caballos y sus conductores.

Esto nos ayuda a recordar que Dios prohíbe los ídolos (Ex 20, 4; Salmo 115, Salmo 135, etc.), pero permite las imágenes ( Ex 25, 18; Nm 21, 8).

De hecho, hay, en hebreo, tres términos que nos ayudan a comprender mejor el tema.

  • Pesel
  • Tselem
  • Pittuach

Pesel (פֶסֶל) es el término bíblico para designar un ídolo. Es el término que aparece en Éxodo 20, 4 y en Deuteronomio 4, 15, entre otros. Pesel se refiere a un ídolo, a una imagen idolátrica, hecha con la finalidad específica de adorarla, como el becerro de oro (Ex 32).

Tselem (צֶ֫לֶם) es el término hebreo para imagen. Aparece, por ejemplo, en Génesis 1, 26, donde YHWH dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Pittuach (פִּתּ֫וּחַ) es el término para grabado.

Tanto tselem como pittuach se refieren a imágenes representativas no idolátricas; es decir, no se las fabrica para adorarlas. Es lícito tener estas imágenes, como se ve en Éxodo 25, 18 a propósito de los querubines de oro, y en Números 21, 6-9, a propósito de la serpiente de bronce.

El hallazgo de la sinagoga que nos presenta The National Geographiccorresponde con lo que describe la Biblia a propósito del Templo de YHWH construido por el rey Salomón.

En el interior de la Casa, el cedro había sido esculpido en forma de calabazas y de guirnaldas de flores: todo estaba revestido de cedro y no se veían las piedras. El Santo de los Santos, en lo más interior de la Casa, había sido preparado para poner allí el Arca de la Alianza de Yavé. Delante del Santo de los Santos, que tenía diez metros de largo, diez de ancho y diez de alto, se levantó un altar de cedro recubierto de oro fino. Salomón revistió de oro fino el interior de la Casa y una cadena enchapada en oro cerraba el Santo de los Santos. Toda la Casa estaba pues recubierta de oro; también estaba recubierto de oro el altar ubicado delante del Santo de los Santos. En el Santo de los Santos puso dos Querubines de madera de olivo silvestre de cinco metros de alto. Cada una de las alas del querubín tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. El segundo querubín medía también cinco metros; ambos querubines tenían el mismo porte y la misma forma. La altura del primero y del segundo era de cinco metros. Salomón puso los querubines en el centro de la Casa, con las alas desplegadas; el ala del primero rozaba uno de los muros y el ala del segundo tocaba el otro muro, y sus alas se tocaban una con otra en el medio de la Casa. Salomón revistió de oro a los querubines. Hizo esculpir en relieve en todas las paredes de la Casa, por todo el derredor, tanto por fuera como por dentro, querubines, palmas y flores. Por dentro y por fuera, el piso de la Casa estaba recubierto de oro. Las puertas del Santo de los Santos eran de madera de olivo silvestre, el dintel y los postes ocupaban la quinta parte de la puerta, ambas puertas de madera de olivo silvestre estaban esculpidas con querubines, palmas y flores; todo estaba recubierto de oro, incluso los querubines y las palmas. De igual modo la entrada del Santuario estaba guarnecida de postes de madera de olivo silvestre, que ocupaban un cuarto de la puerta. Las dos puertas eran de madera de ciprés; cada una estaba constituida por dos paneles que se articulaban; allí habían esculpido querubines, palmas y flores, todo recubierto de oro. Se construyó el patio interior con tres hileras de piedra tallada y una hilera de postes de cedro. El año cuarto, en el mes de Ziv, se pusieron los cimientos de la Casa de Yavé, y en el undécimo año, en el mes de Bul, el mes octavo, se terminó el Templo con todos sus detalles, de acuerdo al plano que se había diseñado; Salomón construyó el Templo en siete años (1Reyes 6, 19-38).

Algo similar se lee en 1 Reyes 7, 25-51, donde se describen otros elementos de la Casa de Yavé, que manifiestan que el Pueblo de Israel tenía imágenes en el Templo. La arqueología nos presenta que en las sinagogas también había imágenes sagradas.

Un elocuente ejemplo lo tenemos en Dura-Europos, una población destruida hacia el 272 d.C. y descubierta en 1919, donde hay una capilla paleocristiana y una sinagoga. Pues bien, en ambas hay imágenes sagradas, como se puede ver en el siguiente enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/Dura_Europos

Conclusión

Los católicos no tenemos Pesel (פֶסֶל). La Iglesia nunca nos ha enseñado que debemos adorar a las imágenes.

Los católicos tenemos Tselem (צֶ֫לֶם) y Pittuach (פִּתּ֫וּחַ), es decir, imágenes representativas, no idolátricas, a las que veneramos por las personas representadas por ellas.

Fuente: JORGE LUIS ZARAZÚA

Comentario al Evangelio de hoy martes, 19 de abril de 2016


Queridos amigos, paz y bien.

            Muchas veces, nuestra imagen de la Iglesia se limita a nuestra parroquia o, lo más, a nuestra diócesis. Cuando yo empecé en la vida religiosa, era lo máximo que imaginaba. Mi parroquia, mis grupos, mis jóvenes, mis… En teoría, todos sabemos que la Iglesia es católica, está extendida por todo el mundo. Pero eso no se refleja en nuestra mirada espiritual. Estamos habituados a hacer las cosas de una manera, por ejemplo, tomar la Comunión de rodillas, o en la mano, y nos parece extraño, incluso salvaje, que alguien lo haga de otra manera.

            Por eso es útil visitar la Comunidad de Taizé, por ejemplo, o las Jornadas Mundiales de la Juventud, o lugares como Santiago de Compostela, Lourdes o Fátima, para para rezar junto con miles de personas de diversos lugares. Así se puede sentir que la Iglesia es católica, universal. De todos los colores, razas, etnias y opiniones.

        ¿Cómo sucedió esto? Los cristianos, dispersos por la persecución que tuvo lugar después de la muerte de Esteban, llegaron a Chipre y Antioquia. Hablaban de Cristo a los judíos, y algunos se adhirieron y comenzaron, a su vez, a predicar el Evangelio de Cristo. Y muchos creyeron y se convirtieron al Señor.

            Esto es una señal clara de la acción del Espíritu Santo, que une a gente de diversas edades, culturas y posiciones políticas en el culto al Dios verdadero y único. La Iglesia unida y diversa a la vez. Nuestra unidad la da el Bautismo, que nos hace a todos miembros de una gran familia.

            La próxima vez que vayas al templo, habla con alguien que te parezca extraño. Intenta sentir la unidad que da la misma fe. Si puedes participar en la liturgia de fieles de otra cultura, hazlo, para ver la riqueza de la diversidad de tradiciones cristianas. Haz algo concreto para fortificar la unidad entre los cristianos, y verás la acción del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia.

            Señor Jesús, ayúdanos a aceptar las diferencias y reconocernos en tu único Cuerpo, la Iglesia.


Pastor de tu pueblo,

Tú nos guiaste por mesetas montes y cañadas,

con paciencia, ternura y sabiduría,

como los viejos pastores guían sus rebaños.

Hoy estamos desorientados y sin sueños.

¿Por qué no vienes a estar con nosotros un rato?

¿Por qué no nos sacas de estos apriscos vanos?

¿Por qué sigues sentado en tu trono de nubes?

Andamos errantes por campos agostados

sorbiendo el polvo y nuestro llanto;

nos flaquean el ánimo y las fuerza

y no encontramos un lugar de descanso.

Hemos perdido el horizonte que nos señalaste

y somos víctimas de nuestros miedos,

de nuestros anhelos frustrados en el camino,

de nuestros egoísmos y laberintos diarios.

Tú, que eres buen pastor, con entrañas y corazón…

Tú, que conoces a los tuyos por su nombre…

Tú, que los defiendes de lobos y otros peligros…

Tú, que prometiste darnos vida siempre…

¡Sílbanos tus alegres canciones que motivan,

llévanos por tus caminos preferidos,

condúcenos a los pastos que alimentan

y a las fuentes refrescantes que Tú conoces.

¡Muéstranos tu rostro alegre y luminoso,

como el sol nos ofrece generoso el suyo!

¡Guíanos, en estos tiempos de duda e incertidumbre,

con paciencia, ternura y sabiduría!

¡Reúnenos,

cúranos,

defiéndenos

y danos tu Espíritu!

Florentino Ulibarri

Comentario al Evangelio de hoy martes, 16 de febrero de 2016

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6,7-15

Dios bien sabe lo que necesitamos. Él nos conoce en lo más profundo. A pesar de ello, no podemos dejar de orar y pedir a Dios aquello que más deseamos. Él no necesita nuestras oraciones, pero nosotros no podemos evitar dirigirnos a él. Es nuestro grito, a veces desesperado, ante aquel de quien lo esperamos todo, porque confiamos en su poder. Nuestra oración es, fundamentalmente pedigüeña. Y lo es porque es expresión de nuestra fragilidad. A su vez, nuestra oración es confiada.

Pedimos a Dios aquello que no podemos darnos a nosotros mismos, con la confianza de que Él, que es quien tiene Poder, nos lo concederá. Cuándo lo hará o cómo lo hará, lo desconocemos. Sin embargo, confiamos en que él obrará el milagro. Así es nuestra fe.

Lo curioso que sucede con la oración es que este deseo de cambiar el corazón de Dios, acaba por cambiar el nuestro. Orar nos hace mejores, nos hace confiados, magnánimos, nos hace más dóciles a la voluntad de Dios, nos hace pacientes… nos hace, en definitiva, misericordiosos. En la escuela de la oración aprendemos a ser como el Padre, asimilamos sus actitudes, sus sentimientos, sus maneras de proceder. En ella encontramos respuestas a nuestros discernimientos, encontramos fuerza para actuar y razones para amar a los demás.

La oración pedigüeña y confiada nos lleva a la oración de alabanza, que reconoce la grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. A su vez, esta nos lleva a la adoración, a ese estar ante un misterio de amor infinito que milagrosamente obra en nosotros haciéndonos hijos y hermanos. Por eso orar no es solo pedir favores, sino también dejarse amar y dejarse envolver por ese gran Misterio de amor que un día nos será revelado en su diáfana plenitud.

No hacen falta muchas palabras. La oración, normalmente, brota del silencio, de un corazón pobre y necesitado que se pone ante Dios y en Él espera. La Madre Teresa de Calcuta nos dejó aquella frase tan sabia: “El fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio, el fruto del servicio es la paz”. Te invito a que este día la medites y a que, si te parece bien, te la aprendas de memoria para conservarla para siempre.

Tu amigo y hermano,
Fernando Prado, CMF

Comentario al Evangelio de hoy lunes, 15 de febrero de 2016

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25,31-46 

El papa Francisco ha querido que en este año jubilar, el tiempo de Cuaresma sea vivido de una forma especial, si cabe, con más intensidad, con mayor fervor. En la Bula con la que convocó el jubileo extraordinario de la misericordia, el Papa nos invitaba a reflexionar y a tener muy presentes las tradicionales obras de misericordia, que, como bien sabemos, encuentran su origen en este texto de Mateo que hoy se proclama en toda la Iglesia.

Hace unos días, en el mensaje papal para la cuaresma, Francisco nos ha vuelto a invitar a tenerlas en consideración. La razón es clara: Dios no es un “Spray”, un amor en nebulosa o etéreo. El nuestro es un Dios que se ha hecho “carne”, que ha querido venir a nuestra historia asumiendo nuestra propia humanidad en la suya. Este modo de proceder de Dios es, para nosotros, normativo y aleccionador.

En Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, hemos podido comprender que no se aman las ideas, sino las personas. Ahí precisamente, en este amor concreto que Jesús nos ha enseñado como camino para la vida, es en donde nos lo jugamos todo. El examen del creyente no es teórico, sino práctico, como el que se nos exige para pasar las pruebas y concedernos el permiso de conducir. Al atardecer de la vida, decía S. Juan de la Cruz, “nos examinarán del amor”.

Las obras de misericordia pueden ser para nosotros un indicador fiable de nuestra fidelidad a nuestra fe; un elemento de discernimiento y de juicio para saber si seguimos adecuadamente al Señor o no lo hacemos. ”Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre… ¿Cuándo te vimos, Señor…? … Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis“.

La Cuaresma es un tiempo propicio para tomar nueva conciencia de si en nuestra vida nos estamos conduciendo por el camino adecuado o nos estamos desviando. Un tiempo propicio para volver al camino recto, que siempre es un camino de amor concreto que se materializa en gestos y acciones. Nunca lo olvides. No se puede amar a Dios a quien no vemos si no amamos a nuestros hermanos a quienes sí vemos.

Tu amigo y hermano,
Fernando Prado, CMF

Viernes después de ceniza -Reflexión-

“Ayuno” es la palabra estrella en la liturgia de la Palabra de hoy. Uno de los conceptos clásicos de la Cuaresma junto a la oración y la limosna. Pero, ¿cómo entender hoy el ayuno?  No es un concepto incomprensible en nuestra cultura. Ayunar para ponerse a régimen, para realizar una dieta de adelgazamiento por motivos estéticos, de salud o deportivos, es una práctica que muchas personas realizan. En el aspecto religioso, ayunar, no sólo de alimentos, sino de todo aquello que me aleja de Dios, prácticas o vicios que me esclavizan como un uso abusivo de la televisión, de las tecnologías de la comunicación, juegos, pornografía, etc., es un tipo de ayuno que también comprendemos porque nos hace bien espiritualmente y la Cuaresma nos invita a ello. Pero la Palabra de Dios nos invita a buscar un sentido más profundo al ayuno: ¿para qué ayunar? ¿Cuál es su finalidad?

El profeta Isaías critica el ayuno carente de sentido: ¿Para qué ayunar, si no haces caso? El día de ayuno buscáis vuestro interés. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica? ¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? Y es que el ayuno religioso que nace del orgullo, de la concupiscencia espiritual, es decir, de la vanagloria, del puro perfeccionamiento, del narcisismo espiritual, es el ayuno que critica el profeta y contra el que nos previene la Palabra de Dios. Todo ayuno religioso no puede verse privado de un elemento fundamental: tiene que producir beneficio en los otros, tiene que tener consecuencias positivas para los demás, especialmente para los más necesitados, no ser un ayuno de cuyos frutos yo sólo me beneficio. Así lo explica muy bien la primera lectura de hoy: El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.

Por lo tanto, hoy en la oración se nos invita a pensar en el ayuno que Dios quiere. Por un lado ayunar de todo aquello que te haga más libre y por lo tanto más receptivo a Dios, pero sin olvidar el elemento fundamental que Dios quiere en el ayuno: que beneficie a los demás. Tu ayuno tiene que hacer la vida más agradable, más liberadora, tiene que ser luz para los otros.

Pídele luz al Señor en tu oración de hoy para contestar a esta pregunta: ¿cuál es el ayuno que tú quieres para mi Señor en este tiempo de Cuaresma?

La fe no es solo conocimiento para conservar en la memoria sino verdad vivida en el amor, el Papa a la Congregación para la Doctrina de la Fe


(RV).-  ”La misericordia es el arquitrabe que sostiene la vida de la Iglesia: de hecho la primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo”. Son las palabras con las que el Santo Padre abrio su discurso a los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe a quienes recibió este viernes en audiencia en la Sala Clementina. El Papa instó a todo el pueblo cristiano, sea a los pastores que a los fieles, a redescubrir en este Jubileo las obras de misericordia corporales y espirituales porque cuando, en el ocaso de la vida, se nos preguntará si hemos dado de comer al hambriento y de beber al sediento, también se nos preguntará ”si hemos ayudado a las personas a salir de sus dudas, si nos hemos comprometido a acoger a los pecadores, advirtiéndolos o corrigiéndolos, si hemos sido capaces de luchar contra la ignorancia, especialmente la relativa a la fe cristiana y a la vida buena. Esta atención a las obras de misericordia es importante: no son una devoción. Es la forma concreta en que los cristianos deben aplicar el espíritu de misericordia… Tenemos que volver a enseñar a los fieles que son muy importantes”.

”En la fe y en la caridad se produce una relación cognoscitiva y unificadora con el misterio del Amor, que es Dios mismo. Y sin dejar de ser Dios misterio en sí mismo, la misericordia efectiva de Dios se transformó en Jesús en misericordia afectiva, ya que se hizo hombre para la salvación de la humanidad. La tarea encomendada a su  dicasterio encuentra aquí su fundamento último y su justificación adecuada -subrayó Francisco- La fe cristiana no sólo es conocimiento para conservar en la memoria, sino verdad que hay que vivir en el amor. Por lo tanto, junto con la doctrina de la fe, también hay que custodiar la integridad de las costumbres sobre todo en los ámbitos más sensibles de la vida. La adhesión de fe a la persona de Cristo implica tanto el acto de la razón como la respuesta moral a su don. En este sentido, les doy las gracias por todo el esfuerzo y la responsabilidad con que tratan los casos de abuso de menores por parte del clero”.

”El cuidado de la integridad de la fe y de las costumbres es una tarea delicada y para cumplir bien esa misión es importante un compromiso colegial… Hace falta promover, en todos los niveles de la vida eclesial, una correcta sinodalidad”, añadió el Papa, citando al respecto la reunión organizada por la Congregación con los representantes de las Comisiones Doctrinales de las Conferencias Episcopales de Europa, para abordar colegialmente algunos retos doctrinales y pastorales, contribuyendo así a suscitar en los fieles un ”nuevo empuje misionero y una mayor apertura a la dimensión trascendente de la vida, sin la cual Europa corre el riesgo de perder el espíritu humanista que, no obstante, ama y defiende”. Otra aportación significativa de la Congregación a la renovación de la vida eclesial ha sido el estudio sobre la complementariedad entre los dones jerárquicos y carismáticos, llamados a colaborar en sinergia por el bien de la Iglesia y del mundo y cuya relación evoca su raíz trinitaria, el vínculo entre el Logos divino hecho carne y el Espíritu Santo, que es siempre un don del Padre y del Hijo.

”Sólo esa raíz, si es reconocida y aceptada con humildad -finalizó el Pontífice- permite que la Iglesia se renueve en cada tiempo… Unidad y pluralidad son el sello de una Iglesia que, movida por el Espíritu, sabe encaminarse con un paso seguro y fiel hacia las metas que el Señor Resucitado le indica en el curso de la historia. Aquí se puede ver cómo la dinámica sinodal, si se entiende correctamente, nace de la comunión y conduce hacia una comunión, cada vez más actuada, profundizada y dilatada, al servicio de la vida y de la misión del Pueblo de Dios”.

(RC-RV)

(from Vatican Radio)

¿Y si me equivoqué en mi vocación?

Por MARIA GARABIS DAVIS.- Llegó una semana antes de mi boda; una carta con mi nombre escrita en una caligrafía que me resultaba familiar. La abrí entusiasmada ante la llegada de noticias de mi antigua cómplice, que había abandonado nuestro díscolo camino para unirse a un convento.

En la carta me hablaba de su hermosa experiencia. Me hablaba de Jesús, el que pronto sería su Esposo, el que la había bendecido y conmovido su corazón. Estaba feliz, en paz y emocionada por este nuevo camino.

¿Y si me equivoqué en mi vocación?
¿Y si me equivoqué en mi vocación?

Ya habíamos visitado antes el convento juntas. Para ser sincera, no éramos para nada unas candidatas previsibles para renunciar al mundo y asumir un compromiso total hacia Cristo. Aunque ambas estábamos entregadas a nuestra fe católica, se nos podría considerar un tanto “alocadas” en cualquier grupo juvenil católico. Aun así, ambas nos sentíamos extrañamente atraídas por la vida religiosa.

A menudo, entre nuestros acostumbrados tugurios, tabaco y (demasiada) cerveza barata, nos enzarzábamos en debates sobre las diferentes doctrinas de la fe católica. Casi como un reto, para demostrar lo contraculturales que en realidad éramos, empezamos a visitar conventos. Para mi sorpresa, después de que una Madre Superiora nos reprendiera por escabullirnos después del toque de queda e interrumpir el rezo matutino, mi amiga anunció que volvería otra vez. Y volvería para quedarse.

De repente su carta marcó un giro brusco: He rezado mucho para averiguar cómo abordar este tema contigo. Creo que sería una mala amiga si no te dijera que no creo que debas casarte. Sinceramente, no creo que esa sea la vida que Dios tiene preparada para ti. No puedo evitar esta persistente sensación de que tu sitio está aquí en esta comunidad.

Metí la carta dentro de una caja bajo mi cama y continué con los preparativos de mi boda.

No tengo palabras para explicar cuánto me ha obsesionado esa carta. Mi matrimonio ha sido difícil. Me ha puesto a prueba de formas inimaginables. Tener hijos y criarlos no es siempre fácil ni divertido.

Siendo totalmente sincera, no estoy segura de estar hecha para esto. Mientras que otras madres parecen disfrutar su día a día, yo, en cambio, a menudo me siento abrumada, hastiada, perdida e insatisfecha. Diariamente tengo (repentinos) momentos de duda en los que mis pensamientos divagan con imágenes de una posible vida religiosa. Me imagino a mí misma entre los protectores muros de un convento: tranquila, satisfecha y radiante.

¿Acaso elegí mal mi vocación? ¿Es posible que estropeara el plan de Dios? ¿Escogí lo que había tras la puerta número dos cuando el secreto para una vida feliz, en mi caso, estaba en realidad detrás de la puerta número uno?

Es una noción que podría aplicarse a cualquier tipo de elección vital, no sólo cuando hablamos de vocación. ¿Escogí un buen trabajo? ¿La ciudad apropiada? ¿El cónyuge apropiado? ¿La carrera apropiada? Qué sencillo nos resulta reflexionar sobre lo pasado y pensar en cómo nuestra vida sería mucho mejor si tan sólo hubiéramos tomado una u otra decisión, o hubiéramos hecho las cosas de otra forma. Con cuánta ligereza nos castigamos por las decisiones que hemos tomado y por el resultado de dichas decisiones.Cuestionarse las elecciones pasadas puede ser algo sofocante.

En los huecos entre limpiarme las lágrimas y capear los periodos de agitación en mi matrimonio, he pensado (y rezado) largo y tendido sobre esta idea. Y en realidad, al fin y al cabo, no importa si tomé o no la elección “errónea”. Lo que importa es que soy hija de Dios. Nuestro Dios es un Dios de fidelidad. Su amor y su compromiso para cada uno de sus hijos son inquebrantables. No es ningún tipo de titiritero que tira de los hilos de nuestra vida, ni un dictador que nos castiga si no cumplimos su voluntad. Es un Padre cariñoso que conoce cada cabello de nuestras cabezas, que afronta nuestras decisiones, las buenas y las malas, para sacar belleza y alegría de todo cuanto nos rodea; incluso en nuestros momentos más necios. Como diría San Clemente, “El Señor ha convertido todos nuestros atardeceres en amaneceres”.

Si te paras a reflexionar de verdad en el viaje que te ha traído hasta el momento y el lugar donde estás ahora, verás que es cierto. Los peores matrimonios han traído el inestimable regalo de los hijos, las malas decisiones empresariales han preparado el camino para mejores venturas, las amargas decepciones han cosechado nuevas oportunidades; incluso los momentos más devastadores han dado fruto experiencias de auténtico regocijo. Únicamente Dios puede hacer algo así. Y tanto tú como yo estamos siempre bajo su atenta mirada.

Cuando me siento tentada a remover mis errores pasados o cuando me empeño en pensar en cómo podría haber hecho las cosas de otra forma, entonces me conforta esta pequeña oración de Santa Teresa de Lisieux: “Que hoy haya paz en tu interior. Que te inunde la confianza en que Dios te ha puesto exactamente donde debías estar”. Y en Dios confío, a pesar de que —de haber sido monja—, le habría disputado el puesto con mi genialidad lírica a Maria von Trapp, la monja que fue el germen de la música en Sonrisas y Lágrimas. Estoy justo donde tenía que estar.

fuente: http://es.aleteia.org/

3 consejos para hablar de tu fe con un cristiano no católico

Abre las Escrituras con los no católicos. Enséñales, pero también estate dispuesto a aprender de ellos

1.- Sé humilde

No confundas humildad con indecisión. Para el mundo de hoy, creer que algo es verdad significa ser arrogante; compartir la fe significa ser grosero. La búsqueda de la verdad se ve rápidamente ante acusaciones ad hominem sobre el tono de tu voz, tus motivos, tu miedo inconsciente a estar equivocado.

Deja que te insulten. Da las gracias al ser calumniado por causa de Cristo. Deja que Dios haga su obra a través de ti. G.K. Chesterton decía que, en nuestra época, las personas son consideradas humildes no cuando dudan de sí mismas, sino cuando dudan de que algo sea verdad.

No seas “humilde” respecto a la Verdad. Sé humilde respecto de ti mismo. Deja que te insulten – pero no escondas la fe “transmitida a los creyentes de una vez por todas” (Jd 1, 3).

Quizás nadie piense que seas “amable” por compartir tu fe católica, pero amor y amabilidad no son lo mismo. Además, hay muchas doctrinas “amables” – pero eso no es una medida de su verdad.

  1. Sé bíblico

La Biblia es tu mejor herramienta para compartir la fe católica con los no católicos. Vuestro amor compartido por ella, el reconocimiento mutuo de su inspiración y la sumisión a su autoridad, hacen de la Biblia un gran punto de partida.

Pero lee la Biblia con la Iglesia. No compartas tu interpretación personal con los no católicos. Comparte la interpretación de la Iglesia católica. Gracias a la Iglesia católica sabemos, por ejemplo, que la segunda carta de Pablo a Timoteo forma parte legítima de la Biblia, y, justamente en esa carta, Pablo dice que la Escritura está “inspirada por Dios y útil para enseñar, convencer, corregir y formar en la justicia” ( 2 Tm 3, 16). Al llamarla “útil”, Pablo indica que la Escritura puede y debe ser “usada”.

Los cristianos no católicos afirman que la Biblia es suficiente y que el Magisterio es superfluo, pero ¿de qué sirve un texto infalible sin una interpretación infalible?

Si la idea de la “sola scriptura” fuese verdadera, ¿por que los apóstoles, evangelistas y padres de la Iglesia no tenían conocimiento de ella? Jesús no prometió a sus seguidores que, un día, siglos después de su ascensión, una colección de textos sería fielmente copiada y traducida para que cualquier persona alfabetizada pudiese abrirla e interpretar sus palabras como base de la verdad. No. Jesús instituyó una Iglesia, una Iglesia apostólica, para llevar adelante su misión de proclamar la verdad (Mt 16, 17-19; Lc 10, 16; Jn 16, 13; 17, 20; 20, 21-23; Hch 1, 20). De acuerdo con la propia Biblia, la Iglesia es la columna y la base de la verdad (1 Tm 3, 15). Escrito por católicos para católicos, canonizada por católicos, traducida y preservada por católicos, la Biblia es el libro de la Iglesia católica.

El eunuco etíope no conseguía entender la Biblia solo. Felipe le explicó las Escrituras y no para recitar la oración del creyente, sino para ser bautizado (Hch 8, 26-39). Felipe era uno de los siete nombrados por los doce apóstoles para cuidar de la Iglesia naciente (Hch 6, 1-6; 21: 8). Él fue a Samaria para rezar y hacer milagros (Hch 8, 4-6). Convirtió al mago Simón (Hch 8, 9-13) y al final, vivió en Cesarea (Hch 21, 8). Sus cuatro hijas tenían el don de la profecía (Hch 21, 9).

Sé como Felipe. Abre las Escrituras con los no católicos. Enséñales, pero también estate dispuesto a aprender con ellos. Los cristianos no católicos conocen y aman la Biblia. Pero la leen a partir de otros presupuestos y usan otros “ojos doctrinales”. Igual que el eunuco etíope, no han recibido aún la explicación de la Iglesia católica sobre lo que están leyendo. Ellos aún no han tenido la alegría de contar con la autoridad de la única Iglesia santa, católica y apostólica de Cristo. Como Felipe, tu trabajo es compartir la verdad de la enseñanza de la Iglesia sobre la humildad.

  1. Reza

La oración hace mucho más que la persuasión. En el esfuerzo por compartir la verdad de la transubstanciación, por ejemplo, puedes analizar el Apocalipsis, I Corintios 10 y Juan 6 – y puede no ser suficiente. Puedes apelar a los paralelos entre el Antiguo Testamento y el testimonio de los Padres de la Iglesia – y puede no ser suficiente.

Lejos del Espíritu Santo, la razón y la retórica no son suficientes.

La verdad, al final, es un don de Dios. La sabiduría es un don de Dios (Ef 1, 17). La fe es un don de Dios (1 Tm 1, 14). El amor es un don de Dios (1 Ts 3, 12 ). La salvación es un don de Dios (Ef 2, 8). Y los obispos católicos son simplemente administradores de los dones de Dios (2 Tim 2, 2). Tienes que rezar para dejar que Dios actúe a través de su Iglesia. Todo don perfecto viene de lo alto (Santiago 1, 17).

Reza. Dedícate a la apologética, a la hermenéutica y a la historia de la Iglesia, pero no antes de ponerte de rodillas. “Alegraos en la esperanza, sed pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración” (Rm 12, 12). Comparte la fe católica de palabra y obra, pero, antes, reza. “Perseveré en oración y velé dando gracias” (Col 4, 2). No luches antes contra la ignorancia y la indiferencia, sino contra los gigantes del orgullo y de la soberbia. Lejos de Cristo, nada podemos hacer (Jn 15, 5). Entonces, ¿por que no oramos?

Conclusión

Ser católico es ser apasionado. El amor por la Trinidad y por la Iglesia fluye en el amor por todos. El católico que ama no puede dejar de compartir la fe.

Apunta siempre a Dios.

Dios es el tesoro. Tu sólo eres el vaso. Él es el agua viva. Tu eres sólo la mujer junto al pozo. La Trinidad es la fuente de la alegría eterna, el principio y el fin. Tu eres sólo el dedo indicador.

La Iglesia católica existe para dar gloria al Dios uno y trino uniéndose a Cristo en su misión de salvación. Somos llamados no solamente a compartir la buena noticia de Jesús con toda persona en el mundo, sino también para alentar a todos a creer, y no sólo a creer, sino a ser bautizados; y no sólo a ser bautizados, sino también a crecer en la plena estatura de Cristo a través de las obras y de la gracia sacramental de Dios. Es un comienzo completamente nuevo. Dios recrea toda persona a partir de dentro, para su máxima alegría y para la gloria divina.

Sé humilde y confía. Sé bíblico y católico. Reza. Y por encima de todo, ama (Jn 13, 35).

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De Tyler Blanski, en “The Catholic Gentleman”

Fuente: http://es.aleteia.org/

El Papa Francisco proclama Santo a Fray Junípero Serra

La música en el alma

Reflexión 23 de noviembre de 2014_ Jesucristo Rey del Universo_Ciclo A.

Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.

¿El Tercer Camino?

Hay una tercera vía para afrontar la cuestión de la homosexualidad, la vía del amor. Un amor que vence los juicios, la violencia y el odio. Un amor que salva y que hace renacer a las personas. 

La transparencia, libertad y profundidad con la que hablan las personas que intervienen en este vídeo seleccionado por Catholic Link ayudan a afrontar la homosexualidad abiertamente, sin prejuicios ni huidas. 

“Siempre iba de noche y me tiraba en el suelo debajo de esa cruz y decía: por favor, Señor, no puedo dejar de ser homosexual, no puedo cambiar mi modo de sentir”, recuerda una de las valientes mujeres del vídeo La tercera vía que recoge Daniel Prieto en su comentario.
 
“El Señor me ama. Yo puedo vivir y vivo una vida casta llena de satisfacción”, reconoce otro. Para Prieto, la tercera vía que propone el vídeo, contra las del odio y las mentiras piadosas, “es un amor exigente; pues exige renuncias; exige sacrificios”.
 
“Porque en el fondo el amor auténtico no es un sentimentalismo romántico, que todo tolera como bueno (esta sería una caricatura del amor), sino heroica entrega por un bien mayor. Sí, el amor auténtico consiste en una constante renuncia a uno mismo (a mis gustos, a mis caprichos, a mis egoísmos…a mi “yo”) por el bien de los demás (por el bien de ese “tú” que amo y que lo vale todo). Lee aquí el comentario completo.

san Francisco de Asís en la sede de la ONU

Por primera vez manuscritos y documentos de los siglos XIII y XIV serán expuestos en el Palacio de Vidrio en la Sede de la ONU, en Nueva York.
 
Francsico-com-aves-e-JesusCompuesta por 19 obras provenientes de la Biblioteca de la ciudad de Asís y del Sacro Convento de San Francisco, la muestra “Fraile Francisco: vestigios, palabras e imágenes” será inaugurada el día 17 de noviembre y permanecerá en la sede de la ONU hasta el 29 de noviembre.
 
El embajador de los Estados Unidos ante a la Santa Sede, Ken Hackett, además del director de la Sala de Prensa del Sacro Convento de Asís, el padre Enzo Fortunato, presentaron la exposición en Roma el viernes, 7 de noviembre.
 
De entre las obras más valiosas está: el Códice 338, colección de los primeros escritos y documentos relativos a san Francisco y a la Orden de los Frailes Menores, que contiene el Cántico de las Criaturas.
 
De acuerdo con el padre Enzo Fortunato, la Basílica de San Francisco recibe cerca de seis millones de turistas por año, de los cuales 40% son norteamericanos. (EPC)