Jesús elige a los doce

«Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.

Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó» (Mc 3,13-19).

Los textos proféticos y otros escritos sapienciales o apocalípticos con frecuencia expresan la esperanza de la reunión futura de las tribus de Israel dispersas. Desde ese contexto se comprende la institución del grupo de los Doce. La restauración de todo Israel constituye el objeto de la misión de Jesús. Y la elección de Doce discípulos es un gesto profético que simboliza tal misión.

Como los gestos de otros profetas, además de estar cargado de significado también está dotado de poder realizador. Lo que los profetas expresaban se ponía en marcha en la historia apenas ejecutado el gesto. De este modo la sola elección de los Doce ponía en marcha la realización de aquella reunión de las tribus, antes que ellos comenzaran a predicar siguiendo el mandato de Jesús.

Hoy también cada discípulo llamado por Jesús debe tomar conciencia de ser un agente en la realización del Reinado de Dios en la historia. No sólo con su acción apostólica, o con su testimonio de vida; también a través de su acogida del mensaje evangélico por la fe está haciendo posible la presencia transformadora de Dios en el mundo.

Tus pecados te son perdonados

«Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaúm y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siguiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.

Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico.

Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: «¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?»

Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate, toma tu camilla y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».

El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto nada igual» (Mc 2,1-12).



El Evangelio considera las curaciones de Jesús como el comienzo del Reino de Dios que él anuncia. Cada vez que alguna forma de mal (físico o moral) es superada, se va haciendo presente ese nuevo mundo prometido por Dios a través de sus profetas:

«Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo» (Is 35,4-6).

Esta salvación, tal como la presentaba Isaías, tiene un carácter integral de superación tanto del mal físico como del moral. En efecto, el anuncio profético continuaba diciendo:

«Habrá allí una senda y un camino, vía sacra se la llamará; no pasará el impuro por ella, ni los necios por ella vagarán» (Is 35,8).

Jesús asume esa vinculación entre enfermedad y pecado. Por eso, a la vez que cura, también quita el pecado. Y ante aquellos que cuestionan su poder para perdonar, que es un ministerio ordinario para los sacerdotes, Jesús les muestra un poder extraordinario. Expresa una orden que es menos fácil de realizar:

«Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2,10-11).

Además de un auxilio humanitario particular para una persona impedida, la acción de Jesús es un testimonio de la irrupción del tiempo de la salvación. El hombre en su totalidad, no sólo parcialmente, es el destinatario de la redención: éste es liberado de la enfermedad del cuerpo y del pecado del espíritu.

Mt 17,1-9. LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantará aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos, y tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,1-9)

La Transfiguración de Jesús

El Evangelio del 2do Domingo de Cuaresma relata la TRANSFIGURACIÓN (gr. Metamorfosis) de Jesús, que sigue al primer anuncio de la Pasión. Si tal anuncio intentaba corregir las expectativas desmedidas de quienes lo consideraban el Mesías, la manifestación gloriosa en el monte quiere dejar en claro que a los sufrimientos seguirá la exaltación del Elegido de Dios.

En el Monte se reviven las experiencias de Moisés y de Elías en el Horeb.

La Montaña Santa

La escena, presente en los tres Evangelios sinópticos, constituye un relato de Epifanía o «manifestación divina». Guarda semejanzas con la narración de la entrega de la Ley a Moisés, con la cual se buscaría establecer un paralelo:

MONTE No se menciona el nombre «Sube hasta mí, al monte [Sinaí]; quédate allí» (Ex 24,12)
GRUPO SELECTO Pedro, Santiago y Juan «Sube donde YHWH, tú, Aarón, Nadab y Abihú, con setenta de los ancianos de Israel» (Ex 24,1)
ROSTRO BRILLANTE Su rostro resplandecía como el sol «cuando bajó del monte con las dos tablas del Testimonio en su mano, no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante» (Ex 34,29)
NUBE LUMINOSA una nube luminosa los cubrió con su sombra «La gloria de YHWH descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días» (Ex 24,16).
VOZ SALIDA DE LA NUBE «Este es mi Hijo muy querido, mi predilecto» «Al séptimo día, llamó YHWH a Moisés de en medio de la nube» (Ex 24,16).
TEMOR DE LOS PRESENTES los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor «Aarón y todos los israelitas miraron a Moisés, y al ver que la piel de su rostro irradiaba, temían acercarse a él» (Ex 34,30).

Moisés y Elías

Como en el relato del Éxodo se entabla una conversación donde el que habla con Dios adquiere resplandor en el rostro:

«Los israelitas veían que su rostro estaba radiante. Después Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba de nuevo a conversar con el Señor» (Ex 34,35).

Moisés y Elías ocupan un lugar fundamental en la historia de Israel. Y el final de la vida de ambos queda rodeado por el misterio. Por eso de ambos se esperaba el retorno en el  final de los tiempos:

MOISES ELIAS
Entrega la Ley al pueblo e inaugura la Alianza (Ex 24,1-8). Profetiza para que el pueblo retorne a la Alianza (1 Re 18,21.39)
Su sepulcro no se encontró (Dt 34,6) Fue elevado al cielo (2 Re 2,1-11)

Al final del relato se relaciona la Transfiguración de Jesús con el destino de Moisés y Elías. Lo que han visto los discípulos tendrá pleno sentido cuando también Jesús sea elevado junto a Dios:

«No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mt 17,9).

Un anticipo del mundo futuro

Las «tres TIENDAS» intentan perpetuar la presencia divina que se manifiesta en la nube.

Podría ser una evocación de la fiesta de los Tabernáculos, que recuerda cuando Israel habitó en tiendas después de salir de Egipto.

El profeta  Zacarías presentaba el porvenir definitivo bajo la forma de una inmensa fiesta de las Tiendas, a la que serán invitadas las naciones junto con Israel:

«Todos los supervivientes de todas las naciones que hayan venido contra Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey YHWH Sebaot y a celebrar la fiesta de las Tiendas» (Zac 14,16).

Una nube cubre a los presentes como lo hizo en el pasado la Presencia Divina sobre la Tienda del Encuentro:

«Moisés no podía entrar en la Tienda del Encuentro, pues la Nube moraba sobre ella y la gloria de YHWH llenaba la Morada» (Ex 40,35).

Escuchar y poner en práctica.

El mandato divino de escuchar a Jesús tiene correspondencia con el compromiso que Israel asumió con Moisés en el desierto y con Josué al entrar en la Tierra prometida:

«Acércate y escucha lo que dice el Señor, nuestro Dios, y luego repítenos todo lo que el te diga. Nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica» (Dt 5,27).

«El pueblo respondió a Josué: «Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios y escucharemos su voz» (Jos 24,24).

Cuando «el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (Mc 9,9), los discípulos reconocerán en Jesús al Profeta prometido por Moisés: (Hech 3,23).

«YHWH tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis» (Dt 18,15).

A imagen de Jesús

El relato anticipa la gloria que recibirá Jesús después de su Pasión.

El verbo trans-figurar (o trans-formar) aparece en el Nuevo Testamento en los Evangelios sólo dos veces: Mt 17,2 y Mc 9,2 (en voz pasiva), aplicado a Jesús

Pero el Apóstol Pablo lo usa en dos ocasiones más, referido a los creyentes:

«Nosotros, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu» (2 Co 3,18).

El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos transforma por la gracia a los creyentes para que sean cada vez más semejantes a Jesús.

«No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfigúrense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).

Aquellos que escuchan la enseñanza de Jesús se comprometen a configurar su modo de pensar y de obrar de acuerdo a ella.

FUENTE: Domingo Cosenza

Viernes 10 de marzo: LOS PRIMEROS PUESTOS EN EL SERVICIO…

17 Mientras iba subiendo a Jerusalén se llevó Jesús aparte a los Doce y les dijo por el camino: 

18 – Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y letrados: lo condenarán a muerte 19 y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará. 

20 Entonces se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos para rendirle homenaje y pedirle algo. 21 Él le pregunto: 

-¿Qué deseas? 

Contestó ella: 

-Dispón que cuando tú reines estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. 

22 Pero Jesús replicó: 

-No sabéis lo que pedís: ¿sois capaces de pasar el trago que voy a pasar yo? 

Le contestaron: 

-Sí, lo somos. 

23 Él les dijo: 

-Mi trago lo pasaréis, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no está en mi mano concederlo más que a aquellos a los que mi Padre se lo tenga preparado. 

24 Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. 

25 Jesús los reunió y les dijo: 

-Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad. 26 No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande sea servidor vuestro 27 y el que quiera ser primero sea siervo vuestro. 28 Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos.


Como es frecuente en los relatos de anuncio de la pasión, lo sigue un malentendido de los discípulos, en este caso un reclamo de “primeros puestos”. La unidad termina regresando al comienzo y dando sentido a la muerte de Jesús, presentado como Hijo del hombre: una muerte presentada como “rescate”. 

Ya es conocida la predilección de Jesús por Santiago y Juan, por eso no extraña totalmente que pretendan sentarse en los tronos de mayor cercanía para el juicio que se avecina. Que el pedido lo haga, en este caso la madre, sirve para comparar con otra madre que también pide, que también se postra, pero que en este caso obtiene lo que solicita: la mujer Cananea, es que una cosa es pedir movido por la compasión y ante el dolor ajeno, y otra para obtener beneficios y ser considerado “de los primeros”. 

La pretensión de primeros puestos , propia de “los jefes” no es coherente con la actitud que Jesús refleja al decir “de la misma manera” . No debemos modelar nuestra vida y estructuras como “los jefes de las naciones” sino en base al criterio superador del “servicio”, como el de Jesús. El sentido cristológico de la unidad muestra que la vida, ejemplo, servicio y muerte del hijo del hombre dan sentido a nuestras actitudes y es esa dinámica, la del reino, y no la de “las naciones” la que nos debe mover en lo cotidiano, como personas, y como comunidades. Este “no así entre ustedes” nos revela que estas actitudes parecen repetirse también en la comunidad cristiana, como a su vez lo indica el paralelismo con Mt 23,1-12. Habrá que ser claros, y lamentar que “el giro constantiniano haya llevado a la Iglesia a una identificación con la sociedad cerrada de occidente, lo que ha hecho que los sucesores de los apóstoles terminaran siendo príncipes de esta sociedad ” (J. Ratzinger).

Comentario al Evangelio de hoy viernes, 5 de agosto de 2016

Aprendí hace muchos años que la mejor razón para vivir es al mismo tiempo la mejor razón para morir. Por paradójico que pueda parecer es así. La razón de vivir de unos padres pueden ser sus hijos. Precisamente por eso darían la vida por ellos. En un momento de sacrificio final y en el día a día hecho de trabajo y servicio por el bien de sus hijos. La darían del todo porque ya la están dando en el día. Y eso no les haría perder ni un ápice de su felicidad. Dan su vida por bien vivida, entregándose por sus hijos. A pesar de que mirado desde fuera, quizá podamos tener la sensación de que esos padres en realidad están “perdiendo” su vida. 

      Hoy Jesús, en coincidencia con lo que acabamos de comentar, habla en el Evangelio a aquellos que hacen todos los esfuerzos posibles por ganar su propia vida, por salvarse. Y les dice que precisamente son ellos los que se están perdiendo. Tanto preocuparse de sí mismos para al final no ganar nada. Es como el que pretende apretar mucho los dedos de la mano para retener agua o arena. Al final, todo se le escapa y se queda con las manos vacías. Precisamente, dice Jesús, es el que pierde su vida por el reino el que la termina encontrando en plenitud.

      Hoy hablamos mucho de auto-estima, de auto-realización. Se dice que cada uno tiene que mirar por su propia felicidad. Se busca el bienestar. Todo es colocarse uno en el centro del mundo, en el centro del universo. Y todo lo que me rodea tiene que servirme para ser yo feliz.  Como decía un sociólogo, hoy en día todo es una prótesis que uso en tanto en cuanto me ayuda a sentirme mejor. Uso gafas porque así veo mejor. Uso una dentadura postiza porque así puedo comer. Tengo amigos porque me ayudan a sentirme acompañado. Tengo una relación de pareja que me hace sentirme feliz y realizado. Tengo hijos por la misma razón. Pero en el momento en que las gafas o la pareja o los hijos no me hacen sentirme bien o suponen una carga, me deshago de ellos y busco otra “prótesis” que me siente mejor, que me haga verme más guapo o sentirme más feliz. 

      La propuesta de Jesús va en la dirección opuesta. Los otros no son la prótesis que me hace falta para sentirme bien. Los otros son mis hermanos, parte de mi propia vida. Sólo en tanto en cuanto soy capaz de compartir mi vida, de “perderla”, de regalarla, por su vida, podré encontrar mi propia plenitud. 

      Sólo al perder la vida, se encuentra la propia plenitud. ¿Suena raro? Quizá sí, pero es así como son las cosas. En el Reino nadie mira en primer lugar por su propio bien sino por el bien de los hermanos. Y ahí es donde encuentro mi propia plenitud. ¿Por qué no hacemos la prueba?motu

Oración Por la vida

Gracias Dios de la Vida
por regalarme la vida, mi familia,
mi vocación, mis amigos.
Gracias por las personas que pusiste en mi camino
(y hago silencio y memoria,
y el recuerdo se hace fiesta y encuentro).
Me ayudaron a descubrir los desafíos del Reino…
Gracias por los dones que me diste
ayúdame a ponerlos al servicio de todos,
partiendo de los más pobres…
Gracias por haber nacido en estos tiempos,
tan ricos en desafíos para construir el Reino…
Gracias porque nos invitas,
permanentemente,
a la utopía de un mundo nuevo;
porque renuevas en mí,
cada mañana,
los deseos de ser mejor,
más bueno, más fraterno, más cercano…
¡Ayúdame a vivirlo! Gracias por el don
de un nuevo año de vida.
En este día quiero
tender de nuevo mi mano hacia Tí,
y descubrir tu mirada,
para encontrarme en el silencio de mi interior,
con esta sola palabra

Amen

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 4 de agosto de 2016

    Señor, dejo resonar en mis oídos este Evangelio de hoy. Dejo que me llegue al corazón. Lo leo entero pero hay una pregunta que se me queda metida en las tripas: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

      Me da miedo contestarla. Porque la teoría me la sé de memoria. Podría recitar el credo. Podría decir que sé que tú eres el Hijo de Dios, que eres Jesús el que vino a salvarnos, el que con sus palabras y sus actos nos demostró el amor con que Dios nos ama. Podría rellenar unas cuantas páginas diciendo todo aquello en lo que creo. Tu nombre, Jesús, aparecería una y otra vez. He escuchado muchas homilías en mi vida. He leído algunos libros sobre ti. He tenido los Evangelios en mis manos. Sé muchas cosas de ti. 

      Pero me da vergüenza contestar a esa pregunta porque sé que todo eso que sé no lo he hecho vida. Que lo sé pero que no lo vivo. Que mi boca dice unas cosas pero que a veces mi vida dice otras. 

      Y no es que no me esfuerce. De verdad, que muchas mañanas me propongo ser mejor, perdonar, olvidar las ofensas, reconciliarme con aquellos con los que tengo pendencias, compartir con más generosidad las cosas que tengo… Pero luego viene el peso del día y las horas y me sale el egoísmo y la comodidad y tantas cosas que me hacen olvidar esos buenos propósitos. Y, ¿qué queda al final del día de los buenos propósitos de la mañana?

      Por todo ello, Señor, me da miedo responderme y responderte a la pregunta que me haces. Ni siquiera tengo el mismo arrojo, o pura inconsciencia, de Pedro que responde a bote pronto: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Quizá porque sé que esa confesión debe estar acompañada no sólo de buenas intenciones sino también de obras. Ya sé aquello del refrán: “obras son amores que no buenas razones.”

      Quiero responderte, Señor. Lo quiero hacer con mi vida. Pero te ruego que comprendas también mi debilidad. Y que emplees conmigo, con todos nosotros, un mucho de tu gran misericordia. Te pido que me mires como mirabas a aquellos que se te acercaban, cuando andabas por los caminos de Galilea, enfermos y heridos por la vida porque veían en ti su esperanza, su única esperanza para sanar. Hoy te miro yo también así, Señor. No hagas caso de mis grandes palabras, de mi fachada, a veces tan llena de meras apariencias. Y mírame como soy, por mucho que me cueste reconocerlo: pobre y necesitado de tu ayuda, de tu mano, de tu gracia, de tu misericordia. 

      Quiero responderte, Señor, pero me hace falta tu gracia. Cuento con ella. Cuento contigo.

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 3 de agosto de 2016

      A veces tenemos una idea de Jesús como si hubiese sido una especie de extraterrestre. Alguien que, aún con apariencia humana, en realidad su ser Dios le evitó todos los proceso normales por los que pasamos las personas. Nada de eso. Dios no hace ninguna cosa a medias. Y, cuando se encarnó, lo hizo de verdad. Es decir, asumiendo todos los procesos humanos en toda su profundidad y anchura. Jesús fue niño con todo lo que eso implica. Jesús vivió sometido a los procesos de crecimiento y maduración normales en su época. Jesús fue hijo de su cultura. Nació judío. Pensó como judío. Hablaba como judío.

      Pero todo eso estaba fecundado por esa presencia de Dios que le hacía vivir de otra manera y atisbar otros horizontes para su vida y para la vida de todos aquellos con los que se encontraba.

      El texto evangélico de hoy es uno de los momentos concretos en los que vemos a Jesús dar el salto más allá de lo normal y situarse en una perspectiva nueva y diferente. No sin dificultad, Jesús es capaz de situarse más allá de los prejuicios culturales. De los que existían entre los judíos, como existen en todas las culturas.

      Seguramente que lo primero que pensaron tanto Jesús como sus discípulos, al oír las palabras de aquella mujer cananea, era que lo normal es que su hijo tuviese un demonio muy malo porque ella misma era un demonio. Esa era la forma normal de pensar de los judíos sobre los paganos, sobre los de fuera, sobre los que adoraban a otros dioses. Tener contacto con ellos era motivo de impureza. Era parte de castigo por el pecado de Israel que su misma tierra estuviese llena de todos esos hombres y mujeres “impuros” que no reconocían al verdadero Dios, al único, al Dios de Israel.

      Jesús no la rechaza directamente pero dice, de entrada, que él sólo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Es la mujer la que, con sus palabras, provoca a Jesús, despierta en él algo más profundo y le hace darse cuenta de que el amor de Dios es para todos, sin excepción y que se expresa y se manifiesta allí donde encuentra un corazón abierto y receptivo.

      En ese momento, Jesús fue capaz de superar los prejuicios de raza y de cultura. En su proceso de crecimiento humano se dio cuenta de que la humanidad es una sola. Y que no hay razón para discriminar por razón de etnia, de origen, de color, de religión, de cultura, de lengua, de nada. Que todos somos hermanos y hermanas y que el amor de Dios es para todos sin que nadie pueda quedar nunca excluido.

      Estaría bien que nosotros, que queremos seguirle, fuésemos también superando los muchos prejuicios que a veces llenan nuestras vidas. Hasta llegar a ver en el otro un hijo/hija de Dios. Un hermano siempre.

 ORACIÓN DEL PERDON de: Paulo Cohelo…

Las lágrimas que derramé, yo perdono.
El sufrimiento y las decepciones, yo perdono.
Las traiciones y mentiras, yo perdono.
Las calumnias y las intrigas, yo perdono.
El odio y la persecución, yo perdono.
Los golpes que me dieron, yo perdono.
Los sueños rotos, yo perdono.
Las esperanzas muertas, yo perdono.
El desamor y la envidia, yo perdono.
La indiferencia y la mala voluntad, yo perdono.
La injusticia en el nombre de la justicia, yo perdono.
La ira y el maltrato, yo perdono.
El abandono y el olvido, yo perdono.
El mundo con toda su maldad, yo perdono.

Ella baja los brazos, abre los ojos y coloca sus manos en su rostro.

Me acerco a besarla, pero ella hace una señal con las manos.

  • No he terminado todavía.

Ella cierra sus ojos y mira hacia arriba.

La pena y el resentimiento, los sustituyo con comprensión y entendimiento.
La rebeldía, la sustituyo con la música que sale de mi violín.
El dolor lo sustituyo con olvido.
La venganza, la sustituyo con victoria.

Seré capaz de amar por encima del desamor.
Dar incluso cuando estoy despojada de todo.
Trabajar feliz incluso cuando estoy en medio de todos los obstáculos.
Secar las lágrimas, incluso cuando aún estoy llorando.
Creer incluso cuando estoy desacreditada.

Ella abre los ojos, pone sus manos sobre mi cabeza y dice con la autoridad que viene de arriba:

  • Hágase tu voluntad. Hágase tu voluntad.

Del libro: ALEPH de Paolo Cohelo

Comentario al Evangelio de hoy viernes, 22 de julio de 2016

      ¿Cuál es la imagen más habitual que tenemos de María Magdalena? No hace falta más que mirar a los cuadros de siglos pasados y a las imágenes de muchas iglesias. Se ve casi siempre a una mujer muy austeramente vestida y entregada a la penitencia imaginamos que a causa de sus muchos pecados. 

      No se entiende muy bien la razón por la que se terminó identificando a la pecadora que lava con sus lágrimas los pies de Jesús con María Magdalena. En cualquier caso, María Magdalena pudo haber sido lo que fuera. ¿Quién no tiene una historia guardada en su baúl, en el pasado? ¿Quién puede dar un paso al frente y decir que tiene las manos y el corazón y todo su ser limpio como una patena? A los que iba a apedrear a la mujer a la que habían encontrado en pleno adulterio, Jesús les dijo con mucha tranquilidad que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. 

      Así que nos da lo mismo lo que fuese o hiciese María Magdalena antes de conocer a Jesús. Es irrelevante. Lo importante fue el momento en que se encontró con él y se convirtió en una de sus discípulas. Y debió ocupar en el grupo de seguidores de Jesús un puesto importante porque el evangelista Juan le hace aparecer como prácticamente la primera misionera, la primera evangelizadora, la primera testigo de la resurrección, la primera a quien se aparece el resucitado. 

      De Pedro y Juan se dice que fueron al sepulcro, que lo encontraron vacío y que creyeron. Pero el relato termina diciendo que “regresaron a casa”. Ahí se quedaron. María se queda fuera. El Maestro se le aparece, resucitado. Y a ella se le hace el encargo de ir a decir a los hermanos que ha resucitado. Y es lo que hace: “fue y contó a los discípulos que había visto al Señor y también lo que él le había dicho.”

      Si queremos ser evangelizadores no tenemos más que imitar a María. Hay que rondar el sepulcro. Nada de “volverse a casa” como Pedro y Juan. Hay que estar ahí. Hay que leer la Palabra. Hay que abrir los ojos. Hay que dejar que Jesús nos encuentre en vela. Y luego ir y decir a los hermanos que hemos visto al Señor y lo que nos ha dicho. No es un mensaje para quedárnoslo en exclusividad. Es para comunicarlo, para regalarlo, para compartirlo. 

      En la Iglesia el mandato primero, fundamental y casi único es “anunciar la buena nueva del Reino.” María Magdalena, mujer, es la primera evangelizadora. ¿Por qué no la imitamos?

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 21 de julio de 2016

Desde hace unos años se han puesto de moda novelas y películas con un tema muy parejo: en todas ellas se habla de un misterio muy importante, del que el protagonista tiene que seguir la pista pasando por pruebas y dificultades a cuál más complicada y difícil de superar. El misterio tiene siempre un calado “misterioso” que afecta a la supervivencia de la vida en el planeta, al futuro de la humanidad. El protagonista se constituye en salvador de la humanidad al defender el misterioso secreto de las fuerzas del mal que se intentan apoderar de él para dominarnos y destruirnos. Seguro que la mayoría de los lectores de estas líneas podrían poner ahora mismo sobre la mesa los títulos de varios películas y novelas con un tema muy parecido. 

      La realidad es mucho más rutinaria. No existe ese gran secreto. No existe ese gran misterio. No hay salvadores en los que confiar ciegamente. Las fuerzas del mal no andan por ahí amenazándonos. En realidad, todo se juega en nuestro corazón y en las relaciones entre las personas. Como Jesús dice en el Evangelio de hoy: “a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino”.

      ¿Qué misterio es ése? No está escondido ni hay que superar pruebas imposibles para conocerlo. Está ahí. En la vida de Jesús, en sus palabras, en sus hechos. El misterio es el amor de Dios. El misterio es el Reino. El misterio es que la salvación no viene a nosotros ni a nuestro mundo de una forma milagrosa, de golpe o por la intervención de un héroe sino que es fruto del esfuerzo, del compromiso, del trabajo diario en favor del Reino. 

      La salvación no es algo que está en el futuro sino que la vamos actuando ya aquí y ahora cuando nos comportamos como Jesús, cuando trabajamos por la justicia y la fraternidad, cuando acogemos a todos, cuando los marginados y rechazados encuentran en nuestra casa la acogida que les dedicó Jesús. La salvación se nos da cuando somos capaces de amar gratuitamente y sin pedir nada a cambio. 

      El milagro verdadero es el de la fidelidad al Evangelio en el día a día de nuestras vidas. El misterio del Reino se transparenta en las cosas más sencillas del día a día: en el cariño de unos esposos y en la sonrisa de un niño, en el trabajo del juez que se esfuerza por hacer justicia de forma imparcial y en el político (que también los hay) honesto que dedica su vida al servicio del bien común. 

      Se están produciendo miles de milagros de esos cada día. Hay millones de héroes que están salvando al mundo y a mí mismo, que escribo estas líneas y que quizá no hago todo lo que debiera hacer para transparentar con mi vida y mi forma de comportarme el misterio del Reino. Que no seamos de esos que han cerrado los ojos y los oídos a ese despliegue del amor de Dios en nuestro mundo que son los millones de personas que viven comprometidos en crear un mundo mejor y más justo y más hermano.

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 20 de julio de 2016


Atención a la primera lectura. Es el comienzo del libro del profeta Jeremías y el profeta nos cuenta como se sintió llamado a ser profeta. Él no quería. Él no se sentía digno de semejante encargo. Puso todas las dificultades posibles. Pero el Señor quería y cuando Dios quiere algo, lo suele conseguir. El profeta podía estar seguro de que iba a tener la presencia y la gracia de Dios con él. No tenía nada que temer. Su misión consistiría en “arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar”. Todo eso y por ese orden. 

      A veces pensamos que ser profeta es conocer el futuro, adivinar lo que va a suceder, los castigos o los premios que van a venir sobre nosotros si nos portamos mal (castigo) o nos portamos bien (premio). En el Antiguo Testamento, el profeta no es el adivino sino simplemente el vocero de Dios. Es una especie de altavoz que tiene como deber fundamental recordar al  pueblo la Palabra y la Ley de Dios. 

      Por eso su misión no es sentarse delante de la bola de cristal y adivinar el número de la lotería que va a tocar en el sorteo de dentro de una semana. Su misión es proclamar la palabra de Dios sin acepción de personas (“ante pueblos y reyes”) para ayudar a arrancar las malas hierbas que nacen en nuestros corazones (arrancar, arrasar, destruir, demoler). Pero sobre todo, para promover lo mejor de nosotros, para que seamos conscientes de que Dios está con nosotros, de que nos ama, de que somos su pueblo. El profeta está, sobre todo, para edificar y plantar la nueva ciudad, la nueva Jerusalén, donde todos se sentirán como en casa porque Dios estará en medio de todos. 

      En el Evangelio de hoy se cuenta la parábola del sembrador que siembre la semilla y luego la tierra da su cosecha de acuerdo con su calidad. Pero la parábola no nos cuenta el trabajo que tiene el agricultor antes de sembrar. La tierra hay que roturarla, allanarla, limpiarla. Todo eso es necesario para que esté preparada para recibir la semilla. Y sin ese trabajo no podrá dar su fruto. 

      El profeta es el que prepara la tierra y luego siembra la semilla de la palabra y del amor de Dios para con nosotros. Él no es el protagonista de la historia. El protagonista es Dios mismo, es la semilla, es la palabra que crece en el corazón de cada hombre y mujer. La cosecha será el fruto de amor para la vida del mundo que brotará de esa semilla hecha planta. 

      Cada vez que amamos, que decimos una palabra de consuelo, que actuamos con justicia, que creamos fraternidad en medio del odio, que devolvemos la esperanza al que la ha perdido, allanamos, roturamos, limpiamos y plantamos la semilla. Ese es nuestro deber. Como lo hizo Jeremías. El resultado, la cosecha, ya no depende de nosotros. Crecerá en el misterio del corazón de cada persona. A nosotros sólo nos quedará contemplar agradecidos como va creciendo la mies.

¿Por qué los judíos y los católicos usamos imágenes?

1. No diremos más “¡Dios nuestro!” a la obra de nuestras manos

Hay un texto de la Biblia, Oseas 14, 2-10, en que el profeta del amor de Dios nos sigue mostrando el corazón compasivo de nuestro Dios y nos enseña una oración breve para pedir perdón a Dios, expresándole nuestro arrepentimiento y propósito de enmienda.

El versículo 4 es muy importante para dilucidar el tema de la idolatría:

Asiria no nos salvará, ya no montaremos a caballo, ni diremos más “¡Dios nuestro!” a la obra de nuestras manos, porque sólo en ti el huérfano encuentra compasión (Os 14, 4).

La idolatría consiste en darle a la imagen un culto equivocado. Como se nota en este pasaje bíblico, la idolatría consiste en llamar “Dios” a lo que hemos hecho con nuestras manos.

En la Iglesia católica no adoramos a las imágenes ni pensamos que sean dioses, ni les damos ese nombre, que sólo corresponde al Altísimo.

Leer también: ¿Los católicos adoran las imágenes?

2. Excavan unos mosaicos deslumbrantes en una antigua sinagoga de Israel

El 7 de julio de 2016, The National Geographic publicó, en su sitio de Internet una importante noticia sobre el hallazgo de unos bellísimos mosaicos en una antigua sinagoga del norte de Israel. Este es el link de la noticia (
http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/excavan-unos-mosaicos-deslumbrantes-antigua-sinagoga-israel_9537 ).

Los mosaicos, ubicados en la nave central de la sinagoga, representan dos relatos bíblicos: el Arca de Noé y la separación de las aguas del mar Rojo por Moisés.

En el panel del Arca de Noé aparece la legendaria embarcación rodeada de pares de animales como elefantes, leopardos, burros, serpientes, osos, leones, avestruces, camellos, ovejas y cabras.

En el panel del mar Rojo aparecen los soldados del faraón y unos peces grandes que se los intentan tragar, además de carros de guerra volcados con sus respectivos caballos y sus conductores.

Esto nos ayuda a recordar que Dios prohíbe los ídolos (Ex 20, 4; Salmo 115, Salmo 135, etc.), pero permite las imágenes ( Ex 25, 18; Nm 21, 8).

De hecho, hay, en hebreo, tres términos que nos ayudan a comprender mejor el tema.

  • Pesel
  • Tselem
  • Pittuach

Pesel (פֶסֶל) es el término bíblico para designar un ídolo. Es el término que aparece en Éxodo 20, 4 y en Deuteronomio 4, 15, entre otros. Pesel se refiere a un ídolo, a una imagen idolátrica, hecha con la finalidad específica de adorarla, como el becerro de oro (Ex 32).

Tselem (צֶ֫לֶם) es el término hebreo para imagen. Aparece, por ejemplo, en Génesis 1, 26, donde YHWH dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Pittuach (פִּתּ֫וּחַ) es el término para grabado.

Tanto tselem como pittuach se refieren a imágenes representativas no idolátricas; es decir, no se las fabrica para adorarlas. Es lícito tener estas imágenes, como se ve en Éxodo 25, 18 a propósito de los querubines de oro, y en Números 21, 6-9, a propósito de la serpiente de bronce.

El hallazgo de la sinagoga que nos presenta The National Geographiccorresponde con lo que describe la Biblia a propósito del Templo de YHWH construido por el rey Salomón.

En el interior de la Casa, el cedro había sido esculpido en forma de calabazas y de guirnaldas de flores: todo estaba revestido de cedro y no se veían las piedras. El Santo de los Santos, en lo más interior de la Casa, había sido preparado para poner allí el Arca de la Alianza de Yavé. Delante del Santo de los Santos, que tenía diez metros de largo, diez de ancho y diez de alto, se levantó un altar de cedro recubierto de oro fino. Salomón revistió de oro fino el interior de la Casa y una cadena enchapada en oro cerraba el Santo de los Santos. Toda la Casa estaba pues recubierta de oro; también estaba recubierto de oro el altar ubicado delante del Santo de los Santos. En el Santo de los Santos puso dos Querubines de madera de olivo silvestre de cinco metros de alto. Cada una de las alas del querubín tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. El segundo querubín medía también cinco metros; ambos querubines tenían el mismo porte y la misma forma. La altura del primero y del segundo era de cinco metros. Salomón puso los querubines en el centro de la Casa, con las alas desplegadas; el ala del primero rozaba uno de los muros y el ala del segundo tocaba el otro muro, y sus alas se tocaban una con otra en el medio de la Casa. Salomón revistió de oro a los querubines. Hizo esculpir en relieve en todas las paredes de la Casa, por todo el derredor, tanto por fuera como por dentro, querubines, palmas y flores. Por dentro y por fuera, el piso de la Casa estaba recubierto de oro. Las puertas del Santo de los Santos eran de madera de olivo silvestre, el dintel y los postes ocupaban la quinta parte de la puerta, ambas puertas de madera de olivo silvestre estaban esculpidas con querubines, palmas y flores; todo estaba recubierto de oro, incluso los querubines y las palmas. De igual modo la entrada del Santuario estaba guarnecida de postes de madera de olivo silvestre, que ocupaban un cuarto de la puerta. Las dos puertas eran de madera de ciprés; cada una estaba constituida por dos paneles que se articulaban; allí habían esculpido querubines, palmas y flores, todo recubierto de oro. Se construyó el patio interior con tres hileras de piedra tallada y una hilera de postes de cedro. El año cuarto, en el mes de Ziv, se pusieron los cimientos de la Casa de Yavé, y en el undécimo año, en el mes de Bul, el mes octavo, se terminó el Templo con todos sus detalles, de acuerdo al plano que se había diseñado; Salomón construyó el Templo en siete años (1Reyes 6, 19-38).

Algo similar se lee en 1 Reyes 7, 25-51, donde se describen otros elementos de la Casa de Yavé, que manifiestan que el Pueblo de Israel tenía imágenes en el Templo. La arqueología nos presenta que en las sinagogas también había imágenes sagradas.

Un elocuente ejemplo lo tenemos en Dura-Europos, una población destruida hacia el 272 d.C. y descubierta en 1919, donde hay una capilla paleocristiana y una sinagoga. Pues bien, en ambas hay imágenes sagradas, como se puede ver en el siguiente enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/Dura_Europos

Conclusión

Los católicos no tenemos Pesel (פֶסֶל). La Iglesia nunca nos ha enseñado que debemos adorar a las imágenes.

Los católicos tenemos Tselem (צֶ֫לֶם) y Pittuach (פִּתּ֫וּחַ), es decir, imágenes representativas, no idolátricas, a las que veneramos por las personas representadas por ellas.

Fuente: JORGE LUIS ZARAZÚA

Comentario al Evangelio de hoy domingo, 24 de abril de 2016


Jesús aborda dos temas, favoritos del evangelista: la gloria y el amor.
Acace durante la última cena, tras lavar los pies a sus discípulos, e inmediatamente después de que le diera un trozo de pan mojado al que lo traiciona. El texto litúrgico trae un añadido para poner el contexto: “Cuando salió Judas del Cenáculo…”

Jesús dice que la entrega de su vida -que va a ser “pronto”- manifiesta su gloria (se refiere a sí mismo como “Hijo del hombre”) y la gloria de Dios.

Como le “queda poco tiempo de estar entre vosotros”, da a conocer su última voluntad, a la que llama “mandamiento nuevo”, presentándose así como un nuevo Moisés (que había dado los diez mandamiento). Tal será “la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos” -por tanto es algo que pide sólo a su comunidad de seguidores- y consiste en el amor mutuo (“unos a otros”, por dos veces insiste en que ha de ser recíproco entre sus discípulos) concretado en el servicio mutuo (“como yo os he amado”, siendo así que nos “amó hasta el extremo” -13,1- expresado con el gesto de “lavar los pies de los discípulos” -13,5-). Ya había hablado antes sobre este servicio recíproco (“también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” -13,14) y cómo es Él el punto de referencia (“os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” -13,15).  Por tanto, se modifica el antiguo punto de referencia: “Ama a los demás como a ti mismo”. Este “amor extremo” de Jesús se manifesta en la entrega de su vida, también sus discípulos han de desvivirse unos por otros.

El texto litúrgico omite 13,33b que introduce un tema del que hablará más tarde: “a donde yo voy vosotros no podéis venir”

Al releer este bonito texto del Evangelio, no puedo dejar de acordarme de mi hermana de comunidad Ana (trabaja también en un hospital, como pediatra). Ella está obsesionada por cómo los demás notan que es seglar comprometida y pertenece a una comunidad cristiana. “¿Se me notará en medio del hospital, entre mis amigos, en mi familia?” Nosotros nos reímos a veces por esta obsesión, y algún gracioso le dice que ¡se le nota en los andares!

Sin embargo, haciendo memoria, recuerdo que un día nos contaste que, una noche al estar de guardia, atendiste a una madre con su niño pequeño. Trataste al niño, lo exploraste, le pusiste el tratamiento y le diste de alta. Eran las cuatro o las cinco de la mañana y te retiraste  hasta el siguiente aviso.

De repente se te ilumino el corazón, en la calle estaba diluviando y te acordaste de aquella pobre señora con el niño. Había venido al hospital en una ambulancia y ahora no tenía medios para volver a su casa. Y por lo que comentó anteriormente, ella vivía en un barrio en las periferias.

Al sentir esto, tu corazón se conmovió, y saliste al encuentro de la madre y el niño. Todavía seguían en la sala de espera, menos mal. La miraste y le pediste una ambulancia para poder regresar a su domicilio. Seguro que alguien a tu alrededor se percató de este hecho. Pues ahí, en esos pequeños detalles de Amor, de acercarse al otro, de ponerse en el lugar del otro, se nos conocerá que somos discípulos, que nos une el Amor de unos a otros.
De este modo somos expresión del Amor con que Dios nos Ama.

El AMOR es el motor del mundo. Y de la familia. Nuestros hijos, que están “al loro” de todo, tienen que percibirlo. Aunque sólo vean la punta de un iceberg que queda oculto a su ingenuidad, ya que no se percatarán del esfuerzo que hay detrás de una mesa puesta, una casa recogida, un uniforme planchado, un carro de la compra del supermercado, un apoyo en la tarea de clase o un rato de escucha en exclusiva, seguramente, hasta que les toque a ellos como padres.

Las cosas se hacen a veces, inevitablemente, rozando la desesperación propia del agotamiento. Pero cuando se hacen desde la perspectiva de que Dios es un miembro más de la familia, incluso en esos momentos extremos, cobran una especial trascendencia.
Una vez más sale a relucir la educación en el ejemplo, en la coherencia, en el entendimiento en la pareja educadora y con la mirada puesta en el Señor.

REFLEXIÓN AL EVANGELIO DEL SÁBADO 23 DE ABRIL DEL 2016

MI AMIGA SIRI LEYENDO EL SIGUIENTE TEXTO:



Del Evangelio según Juan

Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

Palabra del Señor… Gloria a Ti Señor Jesús.

 

REFLEXIONEMOS:

Análisis exegético:

La meta:

Jesús, uno con el Padre

Si llegan a conocerme del todo, conocerán también a mi Padre; aunque ya ahora lo conocen y lo están viendo presente.

El término del camino y de la semejanza es el Padre, pero éste está presente en Jesús. Los discípulos poseen ya un conocimiento de Jesús y, por tanto, ven en él al Padre presente. Ese conocimiento, sin embargo, no es algo dado de una vez para siempre. Es progresivo y va revelando más plenamente al Padre. No es meramente intelectual ni exterior, sino relacional, la familiaridad que crea el amor y que se alcanza sólo por la práctica del amor; supone la comunión en el Espíritu, que hace nacer de Dios. Progresar en el conocimiento de Jesús, es decir, ahondar la comunión con él por la práctica del amor, va haciendo al hombre hijo de Dios y dándole a conocer al Padre.

Felipe le dijo: Señor, haznos ver al Padre, y nos basta. La petición de Felipe denota su falta de comprensión. Había sido invitado por Jesús a seguirlo, pero lo identificó con la figura del Mesías que podía deducirse de la Ley de Moisés y de los profetas. No ha comprendido, por tanto, que Jesús es la realización, no de la Ley, sino del amor y la lealtad de Dios. En la escena de los panes mostró no haber entendido la novedad del reino mesiánico; tampoco entiende aún la calidad de Jesús Mesías. Queda estancado en la mentalidad de la antigua alianza. Ve en Jesús al representante de Dios. Bendito el que llega en nombre del Señor, en quien se cumplen las antiguas promesas. No se ha dado cuenta de que Jesús desborda toda promesa, que él es la presencia misma de Dios en el mundo.

Jesús le contestó: Tanto tiempo como llevo con vosotros y ¿no has llegado a conocerme, Felipe? Quien me ve presente a mí, ve presente al Padre; ¿cómo dices tú: Haz que veamos al Padre?.

Jesús le contesta con una queja. La convivencia con él, ya prolongada, no ha ampliado su horizonte. Anclado en la idea tradicional, no puede comprender que el Padre esté presente en Jesús.

Explica aquí Jesús el contenido de la promesa hecha a los discípulos en el episodio de Felipe y Natanael: Veréis el cielo quedar abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por este Hombre. Como allí se ha explicado, el punto de comparación con Jacob estaba en la presencia de la gloria de Dios en Jesús; la presencia de la gloria-amor es la del Padre. Como los Judíos de Cafarnaún aún separa Felipe a Dios del hombre. No conoce el alcance de su amor ni de su proyecto.

No concibe que en el Hombre esté presente y se manifieste Dios, que el Hombre sea Dios. Como lo ha notado Juan, sólo después de la resurrección de Jesús comprendieron los discípulos ser él el nuevo santuario donde habita la gloria. Dios, por tanto, es visible en Jesús.

¿No crees que yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo? Las exigencias que yo propongo no las propongo como cosa mía: es el Padre, que, viviendo en mí, realiza sus obras.

La presencia del Padre en Jesús es dinámica; a través de él ejerce su actividad. Jesús, por ser la localización de la presencia del Padre, lo es de su acción creadora.

Las exigencias que Jesús propone reflejan las múltiples facetas de la actividad del amor y no son independientes de su persona. Formulan la acción del Padre en él, que es su acción en favor del hombre. El Padre ha realizado su obra en Jesús y, por medio de las exigencias que éste propone expresando su propia experiencia, realiza su obra en la humanidad. Las exigencias de Jesús concretan y acrecientan el amor, que es el Espíritu: por eso comunican Espíritu y vida y hacen presente a Dios mismo, que es Espíritu. Esta presencia creciente del Padre en el hombre, como principio de vida y actividad, realiza en él su obra, su designio creador. Así salva Dios al hombre.

Creedme: yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, cree dio por las obras mismas. Insiste Jesús en su total sintonía con el Padre, y como último criterio, como hizo con los dirigentes judíos, se remite a sus obras.

Quien considere la calidad de sus obras, tiene que concluir que son de Dios. El último argumento para probar la autenticidad de su misión y su identificación con el Padre es objetivo. Dios creador tiene que estar necesariamente en favor del hombre, su criatura. Si las obras de Jesús están hechas sólo y totalmente en favor del hombre, es evidente que está identificado con el Padre. Sus exigencias, por tanto, que responden a sus obras, son las exigencias del Padre, para el bien del hombre. La muerte de Jesús, su entrega para dar vida al hombre, demostrará su identificación total con el Padre, dador de vida.

Sí, os lo aseguro: Quien me presta adhesión, las obras que yo hago también él las hará, y las hará mayores.

La obra de Jesús ha sido sólo un comienzo, el futuro reserva una labor más extensa. El no se propone a sí mismo como modelo inalcanzable, el único capaz de hacer tales obras. El discípulo podrá hacer lo mismo y aún más. Esto confirma que las señales hechas por Jesús no son irrepetibles por lo extraordinarias, sino que su carácter principal es ser símbolos de la actividad que libera al hombre ofreciéndole la vida.

Con este dicho da ánimos a los suyos para el futuro trabajo. Sus obras no han sido un relámpago momentáneo y deslumbrador, sino el principio de una nueva actividad en favor del hombre, que ha de ser realizada por los que están adheridos a él, viven de su vida y cumplen sus mandamientos. La liberación ha de ir adelante. Su presencia y actividad en el mundo significa un recodo en la historia; Jesús ha venido para cambiar su rumbo; toca a los discípulos continuar la dirección dada por él.

Jesús da la razón de su afirmación anterior: los discípulos harán obras como las suyas, y aun mayores, porque desde su nueva condición en la esfera divina, él seguirá actuando con ellos. Su muerte no va a poner fin al proceso iniciado por él ni significa tampoco que él vaya a desentenderse del mundo. Los discípulos no están solos en su trabajo ni en su camino. A través de Jesús, el amor del Padre (su gloria) seguirá manifestándose en la ayuda a los discípulos para su misión.

La expresión en unión conmigo formula la experiencia de la comunidad: todos los dones que ésta recibe vienen por Jesús y toda su comunicación con el Padre se hace en Jesús. Es una de las expresiones de la realidad simbolizada bajo la figura de la rampa de Jacob; el cielo va a quedar abierto, es decir, no se interrumpirá ya la comunicación de Dios con los hombres, y el lugar de esa comunicación es Jesús. El mismo es la presencia del Padre y el acceso al Padre.

EN SÍNTESIS:

La oración de la comunidad expresa su vinculación a Jesús; se hace desde la realidad de la unión con él y a través de él. Tal vinculación, que va a definirse como identificación, hace de Jesús centro y miembro de la comunidad cristiana; así pone él su potencia a disposición de los suyos: Lo que pidáis unidos a mí, yo lo haré. Esta fórmula se refiere siempre a un verbo plural, pues dice relación a la comunidad. El contenido de la petición son los intereses de la comunidad en cuanto tal, que son los de Jesús, para realizar su obra.

La comunidad de Jesús tiene que recorrer un camino. La metáfora del camino expresa el dinamismo de la vida, que es progresión. Es un vivir que va terminando al hombre. Pero su término puede ser éxito o fracaso. El éxito es la madurez, el pleno desarrollo de las potencialidades. El fracaso, la decadencia, la ruina. Jesús marca la dirección en que el hombre se realiza: es el camino que él mismo ha abierto y trazado, el de la solidaridad con el hombre y la entrega, el del amor creciente. Ahí se encuentra el éxito de la vida, la vida definitiva. Todo otro camino lleva a la nada, a la muerte. La meta es la máxima solidaridad con el hombre, dándose enteramente por él. En ese amor se encuentra al Padre.

Pero Jesús no es solamente el camino como modelo; al mismo tiempo, la energía que él comunica (el Espíritu) impulsa y desarrolla en su misma dirección. Con el Espíritu, Jesús crea una onda de solidaridad con el hombre, de amor desinteresado que sigue sus pasos y lleva a la humanidad al encuentro final con el Padre. Así se constituirá el reino definitivo. Jesús acompaña siempre a los suyos en ese camino. No es solamente individual, sino comunitario. Su muerte no interrumpe el contacto. El los acompaña, su amor se asocia al itinerario.


o Radio Palabra:


Comentario al Evangelio del viernes, 22 de abril de 2016

            (Alejandro Carbajo, cmf) Qué bien suenan esas palabras de Jesús: “Que no tiemble su corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Jesús es el Camino. ¿Adónde lleva este camino? Por supuesto, al Padre.



            Una vez, el patriarca Jacob tuvo un sueño: “Y he aquí, había una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo superior alcanzaba hasta el cielo; y he aquí, los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y he aquí, el Señor estaba sobre ella, y dijo: Yo soy el Señor el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac.” ¡Cómo nos gustaría tener esa escalera, para subir con seguridad hacia el cielo! Pero, ¿cuáles serían los escalones? ¿Quizá el guardar fielmente los Mandamientos? La historia del Antiguo Testamento demuestra que ningún mortal podía subir por esa escalera. Por eso Dios mismo vino a nosotros, bajó de los Cielos, para convertirse en nuestro Camino, en nuestra escalera.

            ¿Por qué solo Jesús es el Camino? Es el único que conoce al Padre, como él mismo nos dijo: “A Dios no lo ha visto nadie nunca,” Jesús nos muestra al Padre. “El que me ve a Mí, ve al Padre”. Él y el Padre son uno. Por eso, el que acepta a Jesús, acepta al Padre. Cristo es el modelo del peregrino que va hacia el Padre. Siguiendo a Jesús, nos hacemos como él y acabamos donde Él está, junto al Padre.

            Jesús es la Verdad. ¿Qué es la verdad? En la Carta a los Corintios, Pablo escribe: “Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles”. ¿No se parece esto a la búsqueda de la verdad en nuestro mundo contemporáneo? Unos se sumergen en la ciencia y la filosofía, otros en la astrología y la esotérica, pero nadie puede alcanzar así la Verdad. Porque la verdad la puede conocer solo el que conoció al Alfa y Omega, la Sabiduría, Creador de todo y de todos.

            Jesús es la Vida. El que era, El que es y El que será siempre. Junto a Él, estamos en la fuente de agua viva. Comulgando el Cuerpo de Cristo, nos llenamos de la vida en Dios. Por eso Jesús dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna”.

            Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. El que tiene a Jesús, lo tiene todo. Disfruta hoy de este enorme tesoro.

            ¡Señor Jesús, Tú eres mi Camino, mi Verdad y mi Vida! Te amo con todo mi corazón. Hazme uno Contigo en todo momento de mi vida.

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 21 de abril de 2016

Queridos amigos, paz y bien.

Seguimos profundizando en el mensaje de Jesús. La primera lectura nos da una visión rápida de la historia de la salvación. Cómo llegamos a Jesús, desde los días de Egipto. En pocas líneas, vemos cómo Cristo es el cumplimiento de la promesa. Anunciado por muchos a lo largo de la historia.


El Evangelio nos recuerda que el amor que Dios nos tiene se debe transformar en obras, en servicio, para renovar la entrega de Cristo. Es poner en práctica el “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. Convertirnos en levadura para renovar el mundo desde dentro. Para vencer el egoísmo que impera en el mundo, necesitamos entregarnos a los demás. Y sirviendo se puede uno realizar, y, realizándose, ser feliz.

Es un buen día hoy para recordar el momento en que Cristo encarga a sus apóstoles repetir lo que Él ha hecho, el Jueves Santo. Cada uno de ellos se convierte en copartícipe de la misión de Jesús. Para ello, habrán de entregarse al servicio de Dios para salvar al hombre. Rezad por los que se han decidido a seguir más de cerca al Maestro, para que seamos cada día más santos y más entregados.

En este comienzo del siglo XXI sigue habiendo muchos signos de muerte. El Evangelio nos recuerda que con el servicio podemos ser lámparas que alumbren al mundo. Con humildad. El discípulo no es más que su Maestro. Jesús tuvo muchos problemas en su vida. No es de extrañar que nosotros, siervos inútiles, también los tengamos, si queremos vivir en fidelidad.

Que sepamos seguir hacia delante, a pesar de las traiciones, de las dificultades y de nuestra debilidad. Que, mirando a Cristo, podamos vivir con esperanza.

            Vuestro hermano en la fe, Alejandro, CMF

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 20 de abril de 2016

RADIO PALABRA:


Queridos amigos, paz y bien.


            ¡Es increíble cómo la Buena Noticia, expandida gracias a doce Apóstoles, llegó a todo el mundo! Y todo comenzó con Pentecostés, cuando el Espíritu Santo bajó sobre todos los reunidos en el Cenáculo y les llenó con su gracia para anunciar la Palabra de Dios en muchas lenguas. Ese día, tres mil personas escucharon el testimonio y creyeron.

            Muy pronto, después de esto Pedro y Juan curaron a un cojo de nacimiento. Este milagro provocó nuevas conversiones – otros dos mil – entre los judíos. Los Apóstoles empezaron a predicar en el templo, a hacer milagros y todavía más gente les siguió. Después de la muerte de Esteban comenzaron las persecuciones, y los cristianos se extendieron por Judea y Samaría, predicando el Evangelio. Y, por fin, gracias a los esfuerzos misioneros de Pablo y Bernabé, la Palabra de Dios llegó a Éfeso, Corinto, Roma o incluso España.

            Después de dos mil años, la Buena Nueva sigue extendiéndose por todo el mundo. Por todos los continentes, en todas las latitudes, los cristianos siguen testimoniando de qué manera el amor de Dios cambia sus vidas.

            Hoy el Espíritu Santo arde en ti y te empuja a extender el mensaje del amor de Dios por todo el mundo. La Palabra de Dios no retorna nunca a Él vacía, sino que cumple la función para la que fue enviada. Puedes estar seguro de que cada posibilidad que tú uses de anunciar el Evangelio será bendecida. Quizá veas alguna conversión, quizá seas fuente de bendición en la familia, o entre los amigos, o en el trabajo. No importa lo grande o pequeño que sea el fruto de tu esfuerzo. Recuerda que Dios ve todo lo que haces por amor y te recompensará.

            ¡Señor, te doy gracias porque tu Palabra no regresa a Ti vacía! Dame el valor para hablar de tu amor a todos los que encuentro en mi camino. Enséñame a repartir esperanza a todos los que necesitan la luz de Cristo.
 
            Vuestro hermano en la fe, Alejandro, CMF

Comentario al Evangelio de hoy martes, 19 de abril de 2016


Queridos amigos, paz y bien.

            Muchas veces, nuestra imagen de la Iglesia se limita a nuestra parroquia o, lo más, a nuestra diócesis. Cuando yo empecé en la vida religiosa, era lo máximo que imaginaba. Mi parroquia, mis grupos, mis jóvenes, mis… En teoría, todos sabemos que la Iglesia es católica, está extendida por todo el mundo. Pero eso no se refleja en nuestra mirada espiritual. Estamos habituados a hacer las cosas de una manera, por ejemplo, tomar la Comunión de rodillas, o en la mano, y nos parece extraño, incluso salvaje, que alguien lo haga de otra manera.

            Por eso es útil visitar la Comunidad de Taizé, por ejemplo, o las Jornadas Mundiales de la Juventud, o lugares como Santiago de Compostela, Lourdes o Fátima, para para rezar junto con miles de personas de diversos lugares. Así se puede sentir que la Iglesia es católica, universal. De todos los colores, razas, etnias y opiniones.

        ¿Cómo sucedió esto? Los cristianos, dispersos por la persecución que tuvo lugar después de la muerte de Esteban, llegaron a Chipre y Antioquia. Hablaban de Cristo a los judíos, y algunos se adhirieron y comenzaron, a su vez, a predicar el Evangelio de Cristo. Y muchos creyeron y se convirtieron al Señor.

            Esto es una señal clara de la acción del Espíritu Santo, que une a gente de diversas edades, culturas y posiciones políticas en el culto al Dios verdadero y único. La Iglesia unida y diversa a la vez. Nuestra unidad la da el Bautismo, que nos hace a todos miembros de una gran familia.

            La próxima vez que vayas al templo, habla con alguien que te parezca extraño. Intenta sentir la unidad que da la misma fe. Si puedes participar en la liturgia de fieles de otra cultura, hazlo, para ver la riqueza de la diversidad de tradiciones cristianas. Haz algo concreto para fortificar la unidad entre los cristianos, y verás la acción del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia.

            Señor Jesús, ayúdanos a aceptar las diferencias y reconocernos en tu único Cuerpo, la Iglesia.


Pastor de tu pueblo,

Tú nos guiaste por mesetas montes y cañadas,

con paciencia, ternura y sabiduría,

como los viejos pastores guían sus rebaños.

Hoy estamos desorientados y sin sueños.

¿Por qué no vienes a estar con nosotros un rato?

¿Por qué no nos sacas de estos apriscos vanos?

¿Por qué sigues sentado en tu trono de nubes?

Andamos errantes por campos agostados

sorbiendo el polvo y nuestro llanto;

nos flaquean el ánimo y las fuerza

y no encontramos un lugar de descanso.

Hemos perdido el horizonte que nos señalaste

y somos víctimas de nuestros miedos,

de nuestros anhelos frustrados en el camino,

de nuestros egoísmos y laberintos diarios.

Tú, que eres buen pastor, con entrañas y corazón…

Tú, que conoces a los tuyos por su nombre…

Tú, que los defiendes de lobos y otros peligros…

Tú, que prometiste darnos vida siempre…

¡Sílbanos tus alegres canciones que motivan,

llévanos por tus caminos preferidos,

condúcenos a los pastos que alimentan

y a las fuentes refrescantes que Tú conoces.

¡Muéstranos tu rostro alegre y luminoso,

como el sol nos ofrece generoso el suyo!

¡Guíanos, en estos tiempos de duda e incertidumbre,

con paciencia, ternura y sabiduría!

¡Reúnenos,

cúranos,

defiéndenos

y danos tu Espíritu!

Florentino Ulibarri

Psalm 121

El laico pregunta al salir del templo: ¿de dónde me vendrá el auxilio?, y el sacerdote le responde desde dentro: El auxilio te viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.


En árabe:


I lift up my eyes to the mountains; where is my help to come from?
My help comes from Yahweh who made heaven and earth.
May he save your foot from stumbling; may he, your guardian, not fall asleep!
You see*he neither sleeps nor slumbers, the guardian of Israel.
Yahweh is your guardian, your shade, Yahweh, at your right hand.
By day the sun will not strike you, nor the moon by night.
Yahweh guards you from all harm Yahweh guards your life,
Yahweh guards your comings and goings, henceforth and for ever.


en hebreo:

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