Comentario al Evangelio de hoy viernes, 5 de agosto de 2016

Aprendí hace muchos años que la mejor razón para vivir es al mismo tiempo la mejor razón para morir. Por paradójico que pueda parecer es así. La razón de vivir de unos padres pueden ser sus hijos. Precisamente por eso darían la vida por ellos. En un momento de sacrificio final y en el día a día hecho de trabajo y servicio por el bien de sus hijos. La darían del todo porque ya la están dando en el día. Y eso no les haría perder ni un ápice de su felicidad. Dan su vida por bien vivida, entregándose por sus hijos. A pesar de que mirado desde fuera, quizá podamos tener la sensación de que esos padres en realidad están “perdiendo” su vida. 

      Hoy Jesús, en coincidencia con lo que acabamos de comentar, habla en el Evangelio a aquellos que hacen todos los esfuerzos posibles por ganar su propia vida, por salvarse. Y les dice que precisamente son ellos los que se están perdiendo. Tanto preocuparse de sí mismos para al final no ganar nada. Es como el que pretende apretar mucho los dedos de la mano para retener agua o arena. Al final, todo se le escapa y se queda con las manos vacías. Precisamente, dice Jesús, es el que pierde su vida por el reino el que la termina encontrando en plenitud.

      Hoy hablamos mucho de auto-estima, de auto-realización. Se dice que cada uno tiene que mirar por su propia felicidad. Se busca el bienestar. Todo es colocarse uno en el centro del mundo, en el centro del universo. Y todo lo que me rodea tiene que servirme para ser yo feliz.  Como decía un sociólogo, hoy en día todo es una prótesis que uso en tanto en cuanto me ayuda a sentirme mejor. Uso gafas porque así veo mejor. Uso una dentadura postiza porque así puedo comer. Tengo amigos porque me ayudan a sentirme acompañado. Tengo una relación de pareja que me hace sentirme feliz y realizado. Tengo hijos por la misma razón. Pero en el momento en que las gafas o la pareja o los hijos no me hacen sentirme bien o suponen una carga, me deshago de ellos y busco otra “prótesis” que me siente mejor, que me haga verme más guapo o sentirme más feliz. 

      La propuesta de Jesús va en la dirección opuesta. Los otros no son la prótesis que me hace falta para sentirme bien. Los otros son mis hermanos, parte de mi propia vida. Sólo en tanto en cuanto soy capaz de compartir mi vida, de “perderla”, de regalarla, por su vida, podré encontrar mi propia plenitud. 

      Sólo al perder la vida, se encuentra la propia plenitud. ¿Suena raro? Quizá sí, pero es así como son las cosas. En el Reino nadie mira en primer lugar por su propio bien sino por el bien de los hermanos. Y ahí es donde encuentro mi propia plenitud. ¿Por qué no hacemos la prueba?motu

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 21 de julio de 2016

Desde hace unos años se han puesto de moda novelas y películas con un tema muy parejo: en todas ellas se habla de un misterio muy importante, del que el protagonista tiene que seguir la pista pasando por pruebas y dificultades a cuál más complicada y difícil de superar. El misterio tiene siempre un calado “misterioso” que afecta a la supervivencia de la vida en el planeta, al futuro de la humanidad. El protagonista se constituye en salvador de la humanidad al defender el misterioso secreto de las fuerzas del mal que se intentan apoderar de él para dominarnos y destruirnos. Seguro que la mayoría de los lectores de estas líneas podrían poner ahora mismo sobre la mesa los títulos de varios películas y novelas con un tema muy parecido. 

      La realidad es mucho más rutinaria. No existe ese gran secreto. No existe ese gran misterio. No hay salvadores en los que confiar ciegamente. Las fuerzas del mal no andan por ahí amenazándonos. En realidad, todo se juega en nuestro corazón y en las relaciones entre las personas. Como Jesús dice en el Evangelio de hoy: “a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino”.

      ¿Qué misterio es ése? No está escondido ni hay que superar pruebas imposibles para conocerlo. Está ahí. En la vida de Jesús, en sus palabras, en sus hechos. El misterio es el amor de Dios. El misterio es el Reino. El misterio es que la salvación no viene a nosotros ni a nuestro mundo de una forma milagrosa, de golpe o por la intervención de un héroe sino que es fruto del esfuerzo, del compromiso, del trabajo diario en favor del Reino. 

      La salvación no es algo que está en el futuro sino que la vamos actuando ya aquí y ahora cuando nos comportamos como Jesús, cuando trabajamos por la justicia y la fraternidad, cuando acogemos a todos, cuando los marginados y rechazados encuentran en nuestra casa la acogida que les dedicó Jesús. La salvación se nos da cuando somos capaces de amar gratuitamente y sin pedir nada a cambio. 

      El milagro verdadero es el de la fidelidad al Evangelio en el día a día de nuestras vidas. El misterio del Reino se transparenta en las cosas más sencillas del día a día: en el cariño de unos esposos y en la sonrisa de un niño, en el trabajo del juez que se esfuerza por hacer justicia de forma imparcial y en el político (que también los hay) honesto que dedica su vida al servicio del bien común. 

      Se están produciendo miles de milagros de esos cada día. Hay millones de héroes que están salvando al mundo y a mí mismo, que escribo estas líneas y que quizá no hago todo lo que debiera hacer para transparentar con mi vida y mi forma de comportarme el misterio del Reino. Que no seamos de esos que han cerrado los ojos y los oídos a ese despliegue del amor de Dios en nuestro mundo que son los millones de personas que viven comprometidos en crear un mundo mejor y más justo y más hermano.

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 14 de abril de 2016


Hoy el libro de los Hechos nos presenta un cambio de escena en la campaña misionera de Felipe. La iniciativa del Espíritu, que es lo que continuamente está resaltando Lucas, aparece aquí más clara todavía. Felipe recibe una orden que lo lleva, no a la ciudad sino al desierto; no a evangelizar multitudes, sino a una sola persona de la que no conocemos ni siquiera su nombre, sólo se nos dice que era etíope, o sea de una región lejanísima. Por primera vez se anuncia el evangelio a un extranjero. Esta narración está dando como un eco al encuentro de Jesús con los dos discípulos  camino de Emaús.

El etíope en su carroza estaba leyendo una profecía de Isaías. El pasaje era éste: «Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de los vivos.» Parece ser que con este mismo texto del profeta Isaías la comunidad cristiana de aquella época iluminaba el sentido de la pasión y muerte de Jesús. Y partiendo de ese texto Felipe anuncia al etíope el sentido de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. El etíope tiene tanto interés en conocer el sentido de la Palabra de Dios, que con toda sencillez escucha las explicaciones de  Felipe. Y su respuesta inmediata es la fe en Jesús, una fe que se completa y se confirma con el Bautismo. 
Lucas ha embellecido su narración con un hermoso símbolo que da unidad a la narración: del terreno desierto brota una fuente de agua vivificante; del libro incomprensible brota un sentido que ilumina y transforma; y el hombre estéril, el eunuco etíope, recobra una nueva vida.
De pronto, Felipe desaparece de la escena, pero la alegría acompaña al peregrino durante el camino de regreso a su patria.



En el evangelio de hoy  leemos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

Los antiguos Mártires de la Iglesia ya decían que sin la Eucaristía no estaban preparados para el martirio. El mártir cristiano siempre ha buscado en la Eucaristía el pan para vencer el sufrimiento y la muerte. En la película “Un Dios prohibido” hay una escena muy emocionante: ¡cuando les reparten el bocadillo del desayuno aparece encima del trocito de chocolate la sagrada forma para comulgar! ¿Cómo estos jóvenes iban a poder enfrentar solos los sufrimientos y torturas del martirio? El Señor quiso hacerse prisionero con ellos para sostenerlos en la lucha. Y por eso alcanzaron la palma del martirio como verdaderos héroes de la fe.

Tercer domingo de Pascua -Reflexión Dominical-

Pescaremos alguna que otra decepción,
unos cuantos berrinches y muchas noches en vela.
Pescaremos un constipado, de noche,
y una insolación, de día.
En la red recogeremos lágrimas vertidas,
vestigio de tantos sueños rotos.
Se nos enredará la pesca
con restos de algún naufragio.

Y aun así, seguiremos.
Nadie dijo que fuera fácil,
pero merece la pena el esfuerzo,
porque en la labor diaria
también nos haremos con pesca abundante
que ha de llenar muchos estómagos.
Alzaremos la red cargada de preguntas
que indican que estamos muy vivos.
Volcaremos la carga en la cubierta de los días,
y descubriremos, en ella,
anhelos, sueños, risas, memorias, proyectos.

Somos pescadores de hombres,
exploradores de fronteras,
aventureros de evangelio,
compañeros de fatigas alrededor de una mesa.
Y amigos del Amigo que nos convoca
para reponer las fuerzas,
y nos envía, de nuevo, a la brega.

(José María Rodríguez Olaizola)



MEDITACIÓN: ¿Qué me o nos dice Dios en el texto?

Hagámonos unas preguntas para profundizar más en esta Palabra de Salvación:

  1. “Salieron y subieron a la barca” (v.3). ¿Estoy dispuesto, yo también, a hacer este recorrido de conversión? ¿O prefiero seguir escondido en mí mismo o en mi comunidad, pero lejos de Jesús? ¿Quiero decidirme a salir, a ir en pos de Jesús?
  2. “Pero esa noche no pescaron nada” (v.3) ¿Tengo el valor para reconocer que en mí hay vacío, que es de noche, que no tengo nada entre las manos? ¿Tengo el valor de reconocerme necesitado de Jesús y de su presencia? ¿Quiero revelarle mi corazón, lo más profundo de mí mismo, lo que trato siempre de ocultar o de negar y que me hace infecundo? Él lo sabe todo, me conoce hasta el fondo; ve que no tengo nada que comer; pero soy yo el que debe aceptarlo, llegar a Él con las manos vacía y decírselo. ¿Estoy dispuesto a dar este paso para que surja el alba de mi día nuevo?
  3. “Tiren la red a la derecha” (v.6) El Señor me habla claramente; hay un momento en el que, gracias a una persona, a un encuentro de oración, a una Palabra escuchada, yo comprendo lo que debo hacer. ¿Estoy dispuesto a escuchar y a obedecer? ¿Tengo el valor de confiar en Él o prefiero seguir tomando mis propias decisiones? ¿Quiero tirar mi red por Él?
  4. “Simón Pedro… se tiró al agua” (v.7). Ahora es mi momento. ¿Quiero yo también arrojarme al mar de la misericordia del amor del Padre, entregarle a Él toda mi vida con mis dolores y mis deseos, mis pecados y mis esperanzas, mis ganas de volver a empezar y mis pocas fuerzas? ¿Qué estoy dispuesto a ceñir para poder nadar mejor y más rápido hacia Jesús?
  5. “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar” (v.10). El Señor pide unir su alimento al mío, su vida a la mía, los frutos de mi misión a los suyos. Él me espera a su mesa pero llevando también a todos aquellos hermanos/as que Él mismo me entrega. No puedo ir a Jesús sola/o. ¿Estoy dispuesta/o a acercarme al Señor, a sentarme a su mesa, a hacer Eucaristía con Él y a llevar conmigo a muchos hermanas y hermanos? ¿Cuáles son mis resistencias y mis obstáculos para ir a Él con los demás?
  6. “¿Me amas tú?” (v.15) ¿Cómo respondo a esta pregunta? Recordemos que 1Jn 4,7-21 nos afirma que la iniciativa del amor a Dios es siempre divina, que en el amor no hay lugar para el temor, pero también advierte que no se puede amar a Dios que no se ve sin amar al hermano ¿Cómo es mi amor a Jesús?
  7. “Apacientas mis ovejas” (v.15.16.17) ¿Quiero la misión que el Señor me confía?
  8. “Sígueme” (v.19) ¿Acepto seguirlo donde Él quiera llevarme? ¿Dónde me pide seguirlo “hoy” y “ahora”?

ORACIÓN: ¿Qué le digo o decimos a Dios?

Orar, es responderle al Señor que nos habla primero. Estamos queriendo escuchar su Palabra Salvadora. Esta Palabra es muy distinta a lo que el mundo nos ofrece y es el momento de decirle algo al Señor. 

Padre misericordioso, que cuando como los Apóstoles, pocos días después de los acontecimientos de la Pascua se nos desvanezca su figura luminosa y recobremos el quehacer cotidiano, haznos recordar que “Jesús es el Señor”.
Padre fiel, interviene en nuestra vida cuando, sin confiar ya en los medios humanos, nos sentimos ansiosos o abatidos; vuelve a darnos el coraje de poner a tu Hijo en medio nuestro para que podamos caminar con renovada confianza hacia el Resucitado.
Padre bueno, te damos gracias por el don que nos has hecho de Jesús-Palabra y de Jesús-Eucaristía, pan de vida partido por nosotros y alimento de nuestra vida espiritual personal y comunitaria.
Padre generoso, queremos corresponder a este inmenso don tuyo de regalarnos a Jesús Resucitado intentando vivir en comunión constante con Él a través de los signos que el evangelista nos ha presentado: reconociéndonos infecundos sin Jesús, trabajando juntos por el Reino, obedeciendo Su Palabra y sentándonos con todos los hermanos que “pesquemos” en torno a la mesa eucarística.
Padre amoroso, Tú que me has creado para decirme que me amas y para pedirme que te ame en los hermanos, te doy gracias, porque el corazón de la Iglesia late con el corazón de Pedro, pero ama con el corazón de Cristo.

Amén

Hacemos un momento de silencio y reflexión para responder al Señor. Hoy damos gracias por su resurrección y porque nos llena de alegría.  Añadimos nuestras intenciones de oración.

CONTEMPLACIÓN: ¿Como interiorizo o interiorizamos la Palabra de Dios?

Para el momento de la contemplación podemos repetir varias veces este versículo  del  Evangelio para que vaya entrando a nuestra vida, a nuestro corazón.

Repetimos varias veces esta frase del Evangelio para que vaya entrando a nuestro corazón:

«Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero»
(Versículo 17)

Así como soy, yo te amo. Para inscribirlas en el corazón, las repito y las rumio con la canción: “Tú sabes que te amo” (Hna. Glenda).

Y así, vamos pidiéndole al Señor ser testigos de la resurrección para que otros crean.

ACCION: ¿A qué me o nos comprometemos con Dios?

Debe haber un cambio notable en mi vida. Si no cambio, entonces, pues no soy un verdadero cristiano.

En Jn 21,4 se afirma que “los discípulos no sabían que era Él”. Como acción personal o en grupo, podríamos esforzarnos en hacer una lista en la que concretemos todos los “lugares”, “momentos” o “situaciones” en donde reconocemos, hoy, al Señor Resucitado. Luego de hacer la lista, comprometernos a estar más atentos para “reconocer”, aunque sea desde lejos, al Señor.

Comentario al Evangelio de hoy lunes, 15 de febrero de 2016

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25,31-46 

El papa Francisco ha querido que en este año jubilar, el tiempo de Cuaresma sea vivido de una forma especial, si cabe, con más intensidad, con mayor fervor. En la Bula con la que convocó el jubileo extraordinario de la misericordia, el Papa nos invitaba a reflexionar y a tener muy presentes las tradicionales obras de misericordia, que, como bien sabemos, encuentran su origen en este texto de Mateo que hoy se proclama en toda la Iglesia.

Hace unos días, en el mensaje papal para la cuaresma, Francisco nos ha vuelto a invitar a tenerlas en consideración. La razón es clara: Dios no es un “Spray”, un amor en nebulosa o etéreo. El nuestro es un Dios que se ha hecho “carne”, que ha querido venir a nuestra historia asumiendo nuestra propia humanidad en la suya. Este modo de proceder de Dios es, para nosotros, normativo y aleccionador.

En Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, hemos podido comprender que no se aman las ideas, sino las personas. Ahí precisamente, en este amor concreto que Jesús nos ha enseñado como camino para la vida, es en donde nos lo jugamos todo. El examen del creyente no es teórico, sino práctico, como el que se nos exige para pasar las pruebas y concedernos el permiso de conducir. Al atardecer de la vida, decía S. Juan de la Cruz, “nos examinarán del amor”.

Las obras de misericordia pueden ser para nosotros un indicador fiable de nuestra fidelidad a nuestra fe; un elemento de discernimiento y de juicio para saber si seguimos adecuadamente al Señor o no lo hacemos. ”Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre… ¿Cuándo te vimos, Señor…? … Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis“.

La Cuaresma es un tiempo propicio para tomar nueva conciencia de si en nuestra vida nos estamos conduciendo por el camino adecuado o nos estamos desviando. Un tiempo propicio para volver al camino recto, que siempre es un camino de amor concreto que se materializa en gestos y acciones. Nunca lo olvides. No se puede amar a Dios a quien no vemos si no amamos a nuestros hermanos a quienes sí vemos.

Tu amigo y hermano,
Fernando Prado, CMF

Sacerdote para siempre

Sacerdote para Siempre Jésed, Ministerio de Música

Sacerdote para siempre
M. y L. Nora Nelly Rodríguez 

 

 SOL RE 
Porque eres la razón de mi vida,
DO RE SOL
mi fuerza, consuelo y alegría;
DO SOL
porque eres el amor que yo soñé,
MIm RE 
y sin Ti estoy perdido y nada soy.
SOL RE 
 Aquí estoy, Señor, toma mi vida:
DO RE SOL RE 
Sacerdote para siempre quiero ser.
SOL RE 
 Aquí estoy, Señor, toma mi vida:
DO RE MIm
Sacerdote para siempre quiero ser. 
Al postrarme en tu presencia estoy temblando,
consciente de mi nada y pequeñez.
Y al levantarme con tu Espíritu Divino
DO RE MIm RE 
tu siervo consagrado yo seré.
Mi vida como santo relicario
tu presencia a los hombres llevará.
DO SOL
Y en mis manos tus manos los bendecirá,
MIm RE 
y en mi tu corazón los amará. /De tu amor estoy sediento, oh Señor. / En ti todo lo encuentro y soy felizY en mi pecho, tu palabra, incontenible / con su fuego al mundo entero abrazaréY no importan ya las dudas y el temor; / tu amor todo lo puede y venceré.Y no importa lo que venga, si a mi lado / paso a paso contigo contaré.
 Aquí estoy ….
 Tu eres digno de ser preferido, / amado y servido sobre todo, oh Señor.
 Aquí estoy Señor,… toma mi vida: / Sacerdote para siempre
 
MIm LA DO RE SOL
Quiero ser