Los que, siguiendo a Jesús, han comenzado a transformar su vida, son enviados a los que aún no han escuchado el llamado a acoger la presencia del Reino. Encontrarán seguramente mucha resistencia porque aquellos no siempre estarán dispuestos a cambiar su vida. El discurso apostólico evoca una máxima sapiencial:

«¿Qué tienen de común el lobo y el cordero? Así pasa con el pecador y el hombre bueno» (Eclo 13,17).

Y los seguidores de Jesús deben recordar también el anuncio del profeta:

«El hijo denigra al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra, y cada uno tiene como enemigos a los de su casa» (Miq 7,6).

De hecho, unos pocos años antes que se escribiera el Evangelio de Mateo, todo eso se había visto con lamentable frecuencia durante la guerra que terminó con la destrucción de Jerusalén:

«Entre los que incitaban a la guerra y los que reclamaban la paz, se produjo un duro enfrentamiento. La pelea arreció primero en las familias, entre personas que habían vivido en armonía; luego los mejores amigos se lanzaron unos contra otros» (Josefo, Guerra IV,132).

La tradición posterior interpretaría el momento de la llegada de la redención como un tiempo de enfrentamiento aún entre las personas más cercanas, según las palabras de Miqueas 7,6:

«En esa situación, ¿en quién se puede confiar? Solamente en nuestro Padre del Cielo» (Talmud Sanhedrín 97).

Por la misma época ya era conocido el desenlace de las vidas de los apóstoles. Se sabía que el TESTIMONIO (martyrion) tenía un costo alto. Pero los apóstoles deben confiar en la asistencia de Dios, que no dejó solos a enviados tan inseguros como Moisés y Jeremías:

«YHWH respondió a Moisés: «¿Quién dio al hombre una boca? ¿Y quién hace al hombre mudo o sordo, capaz de ver o ciego? ¿No soy yo, el Señor? Ahora ve: yo te asistiré siempre que hables y te indicaré lo que debes decir» (Ex 4,11-12).

Jeremías dijo: «¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven».

YHWH le dijo: «No digas: «Soy demasiado joven», porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor -»

YHWH extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: «Yo pongo mis palabras en tu boca» (Jer 1,6-9).