«Jesús entró en Cafarnaum, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar;

«¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre».

El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!».

Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,21-28).

 

Un modo nuevo de enseñar

 

En el Evangelio de Marcos la misión de Jesús comenzó después de su bautismo y de su prueba en el desierto. Después de convocar a los primeros seguidores, Jesús realiza su primer prodigio. Allí los testigos del exorcismo se maravillan que su «doctrina nueva» tiene autoridad (1,27).

El judaísmo rabínico apoya su enseñanza en una cadena doctrinal sin interrupción que llega hasta el mismo Moisés:

«Moisés recibió la Ley en el Sinaí y la transmitió a Josué. Josué se la transmitió a los antepasados, los antepasados a los profetas, los profetas la transmitieron a los hombres de la Gran Asamblea. Estos decían tres cosas: sed cautos en el juicio, haced muchos discípulos, poned una valla en torno a la Ley» (Mishná, Abot I,1).

Era fundamental que se recurriera a la referencia de los maestros anteriores para poder conservar la transmisión fiel de la Torah Oral de maestro a discípulo:

Yojanam ben Zakkay «nunca dijo nada durante su vida que no hubiera oído decir a su maestro» (Talmud, Sukká 28a).

Pero Jesús no hacía referencia a ninguna tradición recibida ni citaba la autoridad de otro maestro para apoyar sus palabras. Ellas tenían una fuerza propia, al margen de toda tradición interpretativa de la Ley que conectara a los maestros actuales con el mismo Moisés:

  • «Habéis oído que se dijo a los antepasados: …
  • Pues yo os digo…» (Mt 5,21-22.27-28).

Apartándose de la cadena de transmisión de la Ley revelada, daba la impresión de que el mismo Dios hablaba por su boca. Y eso resultaba una pretensión inaceptable (Cf. Jacob Neusner, Un rabino habla con Jesús)

 

Los demonios tienen fe y tiemblan (Sant 2,19)

 

Las preguntas suelen tener un carácter defensivo. Quien pregunta qué tiene que ver con otro no quiere tener nada en común con él, como la viuda de Sarepta al morir su hijo:

La mujer dijo a Elías: «¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¡Has venido a mi casa para recordar mi culpa y hacer morir a mi hijo!» (1 Re 17,18).

Se habla de Jesús de modo semejante a los profetas que obraron milagros:

Una mujer dice de Eliseo: «Me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios» (2 Re 4,9).

El espíritu advierte que el anunciador del Reino de Dios está comenzando el final del reinado demoníaco:

«Y entonces se manifestará el reinado de Dios sobre toda la creación, y no existirá ya Satanás, y con él desaparecerá la tristeza» (Ascensión de Moisés 10,1).

 

Obrando, demostrar la fe (Sant 2,18)

 

Durante toda la primera parte del Evangelio, Marcos va presentando a Jesús como un hombre semejante a cualquier otro, pero que hace cosas extraordinarias que crean interrogantes en la multitud. Sin embargo, Jesús no responde a estos interrogantes, sino que mantiene un constante silencio.

Los que presencian los milagros y enseñanzas de Jesús, al principio se entusiasman. Pero poco a poco van perdiendo su interés por él. Los discípulos también participan en cierto modo de este clima de incredulidad.

Para destacar la misteriosa identidad de Jesús y la poca disponibilidad de las personas (discípulos incluidos) para comprenderlo, Marcos recurre a lo que los estudiosos han llamado el SECRETO MESIÁNICO, que está presente a lo largo de todo el Evangelio. Solamente revela el misterio de su persona en dos momentos culminantes:

  • En la TRANSFIGURACIÓN: «Este es mi Hijo amado, ¡escúchenlo!» (Mc 9,7).
  • En la PASION: «Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró. El centurión que estaba frene a El, al ver que había expirado de esa manera dijo: «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (15,37.39).

El lector es invitado a responder a cada una de las preguntas que suscita el poder de Jesús. Pero para eso debe seguirlo hasta la cruz. Sólo entonces, cuando ya no se aprecie ninguna obra prodigiosa, el verdadero creyente podrá confesar, como el centurión, que Jesús es el Hijo de Dios.

Más importante que la fácil repetición de una tradicional formula dogmática es la capacidad para seguir los pasos de Jesús y vivir hasta el final su fidelidad de Hijo tal como él lo hizo.