¿Prefiero estar solo y no mal acompañado? o ¿prefiero estar mal acompañado que estar solo?

“Prefiero estar mal acompañado que estar solo”
Hay muchas expresiones de amor, que evidentemente no tienen nada que ver con amor, en el tanto causan dolor y desazón. He venido planteando semana a semana, el fundamento central de cualquier relación humana es el bienestar y la construcción de la felicidad, no hay otro, pero nos cuesta asumir que múltiples expresiones de amor no son sanas, porque le damos cabida a la negación, a la fantasía o a justificar nuestras motivaciones cuando sabemos que éstas desde el inicio estaban mal.

Quise darle la vuelta a este refrán, en lugar de decir prefiero estar solo que mal acompañado, porque tristemente hay muchísimas relaciones estructuradas sobre el aguante, el soporte, la anulación. Lo que desgasta día a día, usted lo sabe, la pregunta es ¿Por qué se lo permite?

No importa el dolo, lo mal que la esté pasando hay personas que se dicen a sí mismas “ya estoy en esto, no lo voy a dejar así”, entonces construimos relaciones que no funcionan, simplemente porque están impregnadas de un enorme conjunto de malos hábitos, que lo único que hacen es joder la vida, fastidiar el proceso de relación en pareja, pero no hacemos nada por cambiarlos.

¿Esta seguro de que amar es sufrir?
¿De verdad vos crees que amar es aguantar?
¿Se te ha ocurrido que puede haber otras formas de amar?

El propósito
El propósito de una relación es la felicidad, es el eje que no se puede perder, es el norte que nos debe guiar, es la vela que se debe izar. Si esto se deja de lado nada tiene sentido. No cabe estar en una relación por miedo a la soledad, no cabe estar mal, por miedo a no tener a alguien al lado.

Cuando usted en una relación de pareja, opta por tener hábitos poco constructivos, ¿Hacia dónde va? Entonces, ¿Qué espera?, ¿Qué sentido tiene esto en su vida? Usted está en una relación de pareja, lo hace bien, o no tiene sentido.

Si usted decide actuar con indiferencia, con ella construye frialdad. Si decide caminar en su relación con intransigencia, ¿Qué construye? Si avanza en el tiempo al lado de su pareja cargado de orgullo y resentimiento, todo esto a flor de piel ¿Qué espera?, ¿Qué sentido tiene esto en su vida? Nada de esto crea empatía.

Sí usted propone estupideces, si se vive en medio de discusiones, nada se resuelve. Si usted asume actitudes inmaduras ¿Cómo espera un diálogo justo?. Si usted es de los que pega gritos, hace caras, pasa cargando su relación de celos, inseguridades, usted sabe que no actúa bien. ¿Qué espera? ¿Qué sentido tiene esto en su vida?

¿Esta seguro(a)?
Entonces si este es el cóctel, la fórmula que usted ofrece a la relación, que aburrida, fea y disfuncional es su propuesta. ¿Por qué quedarse al lado de alguien que huele a complicación, tensión? Resulta casi irracional decir, “prefiero esto a la soledad” ¿Esta seguro(a)?

Que esto es mejor que la soledad, vea la realidad, hay ira, resentimiento, impaciencia, impulsividad, no se ha preguntado ¿Por qué su pareja sigue a su lado? Quizá, dentro de muchas otras variables, tenga que ver con el hecho de que él o ella prefiere estar mal acompañado que estar solo, esto solo es un reflejo de la mala integración emocional que tiene una persona, esto es admisible en el amor.

Este es un acto de conciencia para usted, para mi, para todos. Si estar bajo una propuesta es mala se abraza como un estilo de vida, hay dos personas que requieren sanar sus emociones.

Todos y todas sabemos reconocer el lenguaje frío, las expresiones indiferentes, sabemos cuando causamos tristezas profundas a nuestra pareja ¿Seguir igual, es una opción? ¿Le parece que debe estar ahí al lado de una propuesta tan carente y vacía?

Esto solo se explica por motivaciones que no tiene que ver con el amor, quizá tenga mucho que ver con el pseudoamor, que se alimenta de muchas presiones emocionales, sociales, religiosas, económicas, de carencias emocionales, que nos mantiene atados a una persona cuya propuesta es deplorable.

Si usted esta en una relación de pareja
Si usted esta en una relación de pareja, así, porque en lugar de sufrir, no hacen ambos un trabajo interno muy fuerte, consciente, maduro para asumir lo que hay que arreglar por dentro para proponer y llevar a la despensa emocional de esa vida de pareja una relación diferente, que sea gratificante, realizante, en definitiva que le haga a usted y a su pareja felices.

Los amores son sanos o no sirve.

Es acá donde quiero proponerle varias cosas importantes:

Primero no busque la perfección de su pareja ni usted, ni yo, ni la otra persona somos perfectos, no podemos buscar perfección, pero esto no significa que no podamos aprender formas sanas de estar en una relación.

¿Pregúntese por qué reacciona tan mal ante los problemas de la vida de pareja?
Recuerde aquel momento, aquel día ,aquel lugar, en el que usted dijo, a “te voy amar siempre”, quiero que recuerde ese momento en el que usted le dijo “pasemos la vida juntos” ¿Qué pasó? ¿Qué sucedió? ¿En qué momento su despensa emocional se lleno de productos vencidos que huelen y saben tan mal?

Recuerde que usted hizo una promesa, ambos hicieron una promesa, porque no mantener esa promesa activa, bajo esquema de conciliación muy positivo y sano, en el que palabras como: perdón, lo siento, te escucho, tienes la razón, te explico, necesito tu apoyo, por favor, me comprometo, y mil frases, que bien usadas podrían cambiar el norte, rumbo, el curso de su relación.
¿Dónde quedó aquella persona detallista? Que con tiempo o sin él, con dinero o sin él, marcaba la diferencia en el día a día ¿Dónde quedo?¿Qué sucedió?
Dense cuenta, usted y su pareja perdieron esto, si lo que han hecho es cargarse problemas, que los llevan a explotar una y otra vez ¿Cuándo va hacer resolver? Dar el brazo a torcer para dejar de lado el orgullo y abrirse al bienestar, puede ser profundamente liberador.
No podemos pensar y dar por sentado que el amor se puede mantener activo solo, el amor solo se mantiene activo en una relación de pareja sin hacer las cosas bien. ¿Realmente no sabía esto?

Les propongo este decálogo, quise llamarlo la La declaración del auto-respeto en el amor”
Te amo, porque no me duele.
Te amo, porque disfruto.
Te amo, porque nos hace bien.
Te amo, porque siento paz.
Te amo, porque siento confianza.
Te amo, porque no hay angustia.
Te amo, porque tu molestia no me maltrata.
Te amo, porque ambos nos comprometemos igual.
Te amo, porque vamos en la misma dirección.
Te amo, porque las cosas son claras, cero confusión

En la balanza del cielo no pesará lo que acumulaste, sino lo que diste en vida

PIENSO QUE Somos una sociedad imperfecta y por ende consumista:

  • “Adelgaza que estás muy gorda”,
  • “búscate un marido que se te pasa el arroz”,
  • “trabaja más duro o no llegarás a nada”… etc

un sinfín de mensajes que recibimos cada día, no solo de la televisión e internet sino también de los demás, incluso de los más queridos. Hombres y mujeres estamos expuestos a unos duros criterios ficticios para ser mejores estudiantes, hijos, padres, trabajadores y todo lo que se nos pueda ocurrir.

Hemos instaurado un canon para todo y ¡cuidado el que se salga de la norma! Un ideal absurdo que no solo se ha llevado vidas por delante (por culpa de la anorexia o la bulimia nerviosa, el suicidio o la depresión, por ejemplo) sino que, además, es imposible de alcanzar.

Hagas lo que hagas siempre habrá alguien que te critique. SIEMPRE. No importa que creas que estás haciendo lo correcto. 

Una experiencia:

“Hace años cuando compré mi casa mi madre me preguntó justo antes de coger las vacaciones ‘hija ¿cómo es que te vas de viaje si no has cambiado las ventanas de tu casa?’. En ese momento algunas ventanas no cerraban bien y entraba un frío considerable por ellas. Quizás lo ‘sensato’ hubiera sido quedarme, en cambio mi respuesta fue ‘prefiero invertir mi dinero en algo que pueda llevarme al morir’.

»Mis ventanas se quedarán aquí. Mis muebles, mi ropa y todo lo que poseo también. Mis viajes, mis lecturas, mis aprendizajes, mis decisiones, mis atrevimientos, mis relaciones, mis recuerdos… Todo eso me lo llevo donde vaya y es lo que me convierte en lo que soy.

CREO QUE »Estamos en una sociedad que nos da múltiples ideas sobre dónde gastar nuestro dinero, que da importancia a lo banal y nos convence de que somos imperfectos. Deberías quitarte esos kilos de más, deberías de ganar más (como tu hermano), deberías casarte que se te va a pasar el arroz, deberías ser diez centímetros más alto, deberías teñirte el pelo que se te ven las canas, deberías ser mejor madre… Todo a nuestro alrededor indica que ni tú ni yo somos lo esperado, lo perfecto. Y ahora ¿qué hacemos? Una posibilidad es luchar desesperadamente intentando llegar a un ideal absurdo.

»Nos dejaremos un dineral intentando aparentar ser alguien que no somos. Al final de esta carrera estaremos como el hámster en la rueda: en el mismo sitio. Un lugar muy, muy lejos de nuestro verdadero ser.

»Hay que comenzar a tomar decisiones de compra conscientes. Tampoco tiene que ser algo drástico, tómate tu tiempo. Las pequeñas decisiones repetidas en el tiempo son las importantes. La próxima vez que vayas a comprar cremas, comida o ropa pregúntate ¿realmente necesito esto? Y, muy importante, ¿qué emoción me impulsa a hacer esta compra?

Al reflexionar quizás veas que detrás de lo que compras hay miedo, falta de valoración personal o ganas de aparentar. En tal caso, ahórratelo.

»Puedes hacer una hucha donde ir echando todo lo que ahorres en esas compras que evitas. Luego gástalo en ti. En viajes, en cursos de cocina sana o de crecimiento personal, en un masaje, en terapia, en clases de yoga, en unas cervezas con los amigos, en una donación a una causa en la que creas, en un buen libro… En algo que te aporte, en algo que, cuando conectes con la emoción que te impulsa, te llene de alegría, amor o conexión. Hay un dicho que escuché hace años y me encanta: ‘Quien compra lo que no necesita se roba a sí mismo’.

El que fue presidente de Uruguay, José Mujica, lo explica de una manera muy lúcida: ‘Cuando tú gastas, en el fondo lo que estás gastando es tiempo de vida que se te fue’. 

»Quizás no lo hayas visto antes así, lo cierto es que el dinero sale de tu trabajo y ese trabajo son horas de tu vida que dedicaste a eso. Por tanto, al comprar algo estás dando a cambio horas de vida que no volverán ¡que sea por algo que valga la pena!

»Si hay algo que siempre he temido es llegar al momento de la muerte, mirar atrás y darme cuenta de que no entendí lo importante. Bronnie Ware es autora de un libro llamado Los cinco arrepentimientos de los moribundos. Ella ha trabajado años como enfermera en cuidados paliativos, eso la ha hecho estar en contacto con muchas personas en uno de los momentos más importantes de su vida, la muerte. Escuchar sus inquietudes y reflexiones ha cambiado su vida, algo que ha querido compartir en su obra y que resume en los siguientes arrepentimientos:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer.

2. Ojalá no hubiera trabajado tanto.

3. Ojalá hubiera tenido el coraje de expresar lo que realmente sentía.

4. Ojalá hubiera vuelto a tener contacto con mis amigos.

5. Ojalá hubiera sido más feliz.

»No menciona ‘ojalá hubiera sido más estiloso’, ‘ojalá hubiera tenido un Lamborghini’ y tampoco dice ‘ojalá hubiera tenido un culo más firme’. Menciona lo importante de la vida: escucharte, pasar tiempo con los que amas, expresar tus emociones para conectar mejor y apreciar lo que tienes para ser más feliz.

»Recuérdalo cada día y cuando llegue tu momento de dejar este plano te irás lleno de historias hermosas, de vivencias y, muy importante, de paz”.

Fuente original: Hekay

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 3 de agosto de 2016

       A veces tenemos una idea de Jesús como si hubiese sido una especie de extraterrestre. Alguien que, aún con apariencia humana, en realidad su ser Dios le evitó todos los proceso normales por los que pasamos las personas. Nada de eso. Dios no hace ninguna cosa a medias. Y, cuando se encarnó, lo hizo de verdad. Es decir, asumiendo todos los procesos humanos en toda su profundidad y anchura. Jesús fue niño con todo lo que eso implica. Jesús vivió sometido a los procesos de crecimiento y maduración normales en su época. Jesús fue hijo de su cultura. Nació judío. Pensó como judío. Hablaba como judío.

      Pero todo eso estaba fecundado por esa presencia de Dios que le hacía vivir de otra manera y atisbar otros horizontes para su vida y para la vida de todos aquellos con los que se encontraba.

      El texto evangélico de hoy es uno de los momentos concretos en los que vemos a Jesús dar el salto más allá de lo normal y situarse en una perspectiva nueva y diferente. No sin dificultad, Jesús es capaz de situarse más allá de los prejuicios culturales. De los que existían entre los judíos, como existen en todas las culturas.

      Seguramente que lo primero que pensaron tanto Jesús como sus discípulos, al oír las palabras de aquella mujer cananea, era que lo normal es que su hijo tuviese un demonio muy malo porque ella misma era un demonio. Esa era la forma normal de pensar de los judíos sobre los paganos, sobre los de fuera, sobre los que adoraban a otros dioses. Tener contacto con ellos era motivo de impureza. Era parte de castigo por el pecado de Israel que su misma tierra estuviese llena de todos esos hombres y mujeres “impuros” que no reconocían al verdadero Dios, al único, al Dios de Israel.

      Jesús no la rechaza directamente pero dice, de entrada, que él sólo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Es la mujer la que, con sus palabras, provoca a Jesús, despierta en él algo más profundo y le hace darse cuenta de que el amor de Dios es para todos, sin excepción y que se expresa y se manifiesta allí donde encuentra un corazón abierto y receptivo.

      En ese momento, Jesús fue capaz de superar los prejuicios de raza y de cultura. En su proceso de crecimiento humano se dio cuenta de que la humanidad es una sola. Y que no hay razón para discriminar por razón de etnia, de origen, de color, de religión, de cultura, de lengua, de nada. Que todos somos hermanos y hermanas y que el amor de Dios es para todos sin que nadie pueda quedar nunca excluido.

      Estaría bien que nosotros, que queremos seguirle, fuésemos también superando los muchos prejuicios que a veces llenan nuestras vidas. Hasta llegar a ver en el otro un hijo/hija de Dios. Un hermano siempre.

Comentario al Evangelio de hoy jueves, 21 de julio de 2016

Desde hace unos años se han puesto de moda novelas y películas con un tema muy parejo: en todas ellas se habla de un misterio muy importante, del que el protagonista tiene que seguir la pista pasando por pruebas y dificultades a cuál más complicada y difícil de superar. El misterio tiene siempre un calado “misterioso” que afecta a la supervivencia de la vida en el planeta, al futuro de la humanidad. El protagonista se constituye en salvador de la humanidad al defender el misterioso secreto de las fuerzas del mal que se intentan apoderar de él para dominarnos y destruirnos. Seguro que la mayoría de los lectores de estas líneas podrían poner ahora mismo sobre la mesa los títulos de varios películas y novelas con un tema muy parecido. 

      La realidad es mucho más rutinaria. No existe ese gran secreto. No existe ese gran misterio. No hay salvadores en los que confiar ciegamente. Las fuerzas del mal no andan por ahí amenazándonos. En realidad, todo se juega en nuestro corazón y en las relaciones entre las personas. Como Jesús dice en el Evangelio de hoy: “a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino”.

      ¿Qué misterio es ése? No está escondido ni hay que superar pruebas imposibles para conocerlo. Está ahí. En la vida de Jesús, en sus palabras, en sus hechos. El misterio es el amor de Dios. El misterio es el Reino. El misterio es que la salvación no viene a nosotros ni a nuestro mundo de una forma milagrosa, de golpe o por la intervención de un héroe sino que es fruto del esfuerzo, del compromiso, del trabajo diario en favor del Reino. 

      La salvación no es algo que está en el futuro sino que la vamos actuando ya aquí y ahora cuando nos comportamos como Jesús, cuando trabajamos por la justicia y la fraternidad, cuando acogemos a todos, cuando los marginados y rechazados encuentran en nuestra casa la acogida que les dedicó Jesús. La salvación se nos da cuando somos capaces de amar gratuitamente y sin pedir nada a cambio. 

      El milagro verdadero es el de la fidelidad al Evangelio en el día a día de nuestras vidas. El misterio del Reino se transparenta en las cosas más sencillas del día a día: en el cariño de unos esposos y en la sonrisa de un niño, en el trabajo del juez que se esfuerza por hacer justicia de forma imparcial y en el político (que también los hay) honesto que dedica su vida al servicio del bien común. 

      Se están produciendo miles de milagros de esos cada día. Hay millones de héroes que están salvando al mundo y a mí mismo, que escribo estas líneas y que quizá no hago todo lo que debiera hacer para transparentar con mi vida y mi forma de comportarme el misterio del Reino. Que no seamos de esos que han cerrado los ojos y los oídos a ese despliegue del amor de Dios en nuestro mundo que son los millones de personas que viven comprometidos en crear un mundo mejor y más justo y más hermano.

Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 20 de julio de 2016


Atención a la primera lectura. Es el comienzo del libro del profeta Jeremías y el profeta nos cuenta como se sintió llamado a ser profeta. Él no quería. Él no se sentía digno de semejante encargo. Puso todas las dificultades posibles. Pero el Señor quería y cuando Dios quiere algo, lo suele conseguir. El profeta podía estar seguro de que iba a tener la presencia y la gracia de Dios con él. No tenía nada que temer. Su misión consistiría en “arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar”. Todo eso y por ese orden. 

      A veces pensamos que ser profeta es conocer el futuro, adivinar lo que va a suceder, los castigos o los premios que van a venir sobre nosotros si nos portamos mal (castigo) o nos portamos bien (premio). En el Antiguo Testamento, el profeta no es el adivino sino simplemente el vocero de Dios. Es una especie de altavoz que tiene como deber fundamental recordar al  pueblo la Palabra y la Ley de Dios. 

      Por eso su misión no es sentarse delante de la bola de cristal y adivinar el número de la lotería que va a tocar en el sorteo de dentro de una semana. Su misión es proclamar la palabra de Dios sin acepción de personas (“ante pueblos y reyes”) para ayudar a arrancar las malas hierbas que nacen en nuestros corazones (arrancar, arrasar, destruir, demoler). Pero sobre todo, para promover lo mejor de nosotros, para que seamos conscientes de que Dios está con nosotros, de que nos ama, de que somos su pueblo. El profeta está, sobre todo, para edificar y plantar la nueva ciudad, la nueva Jerusalén, donde todos se sentirán como en casa porque Dios estará en medio de todos. 

      En el Evangelio de hoy se cuenta la parábola del sembrador que siembre la semilla y luego la tierra da su cosecha de acuerdo con su calidad. Pero la parábola no nos cuenta el trabajo que tiene el agricultor antes de sembrar. La tierra hay que roturarla, allanarla, limpiarla. Todo eso es necesario para que esté preparada para recibir la semilla. Y sin ese trabajo no podrá dar su fruto. 

      El profeta es el que prepara la tierra y luego siembra la semilla de la palabra y del amor de Dios para con nosotros. Él no es el protagonista de la historia. El protagonista es Dios mismo, es la semilla, es la palabra que crece en el corazón de cada hombre y mujer. La cosecha será el fruto de amor para la vida del mundo que brotará de esa semilla hecha planta. 

      Cada vez que amamos, que decimos una palabra de consuelo, que actuamos con justicia, que creamos fraternidad en medio del odio, que devolvemos la esperanza al que la ha perdido, allanamos, roturamos, limpiamos y plantamos la semilla. Ese es nuestro deber. Como lo hizo Jeremías. El resultado, la cosecha, ya no depende de nosotros. Crecerá en el misterio del corazón de cada persona. A nosotros sólo nos quedará contemplar agradecidos como va creciendo la mies.

Sábado de la 2ª semana de Adviento

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,10-13):

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?»
Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.»
Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.



Termina la segunda semana de Adviento y conviene tener una cierta claridad sobre lo que estamos celebrando/esperando. No vaya a ser que tanto hablar de que estamos esperando al Señor, a nuestro Salvador, y cuando venga se pase por delante de nuestros ojos sin que nos demos cuenta de que es él. Ya nos dice el Evangelio que eso les pasó a los judíos con Elías. Mucho decir que tenía que venir antes del Mesías, pero resulta que, como dice Jesús, Elías ya vino y se fue y los que tanto hablaban de él ni se enteraron de su paso. 

      Nosotros decimos que esperamos al Mesías. Pero tenemos que tener los ojos bien abiertos porque este Mesías casi seguro que no es como nos lo imaginamos. La gente importante de nuestro mundo suele anunciar con tiempo su llegada. Se hace acompañar de fuertes medidas de seguridad. Utiliza buenos coches o buenos aviones. Va bien vestida. Los periodistas les esperan para hacerles entrevistas y los fotógrafos se pegan por conseguir las mejores imágenes. 

      Pero lo de Jesús fue diferente. Dicen que nació de una desconocida doncella galilea. Se sabe poco de ella. Lo más que terminó dando a luz en una cueva/pesebre de las afueras de Belén. Y no fue a dar a luz allí por romanticismo sino por una razón mucho más prosaica: no hubo sitio para ellos en la posada. Y no sabemos si no les dieron sitio porque ya estaba llena o, también es posible, porque les vieron demasiado pobres como poder pagar por la posada. Cuando el niño creció se convirtió en un hombre muy normal –treinta años o más de artesano carpintero– y luego predicador por los caminos pero siempre alejado de los centros de poder y en conflicto con ellos. Lo suyo fueron los pobres, los marginados, los leprosos, los enfermos varios. Quizá si hubiésemos vivido en aquel tiempo no habríamos reconocido en él al Mesías salvador. 

      Y hoy, veinte siglos después, nos dice que está en todo hombre o mujer que sufre el dolor, la injusticia, el abandono, la marginación… Y que allí donde están dos o tres reunidos en su nombre, él está en medio de ellos. Así que agucemos la vista y los demás sentidos, para reconocerle en lo más sencillo y humilde de nuestro mundo.

Miércoles de la 2ª semana de Adviento



Corren tiempos difíciles (¿cuándo no han sido tiempos difíciles para la gente pobre, para los que tienen que vivir de su trabajo, para la mayoría de los que tienen que sacar adelante una familia?). Porque hay demasiada gente con dificultades para llegar a fin de mes. Porque en nuestras grandes ciudades hay muchos y muchas que duermen en la calle soportando las inclemencias del tiempo. Porque hay demasiadas guerras en marcha, unas más declaradas y abiertas que otras pero todas guerras con todo lo que una guerra conlleva de muerte y dolor y destrucción (¿no da la impresión de que el deporte más practicado a lo largo de la historia ha sido el de matarnos y hacernos daño unos a otros?). Y podíamos seguir así con la lista de nuestras desdichas. 

      Y en la iglesia celebramos el Adviento. Es tiempo de espera y esperanza. Es tiempo de mirar al futuro pensando que nos puede traer algo mejor de lo que tenemos. Es tiempo de hacer un poco de silencio y dejar que la Palabra de Dios cale en nuestros corazones. Es verdad que a veces pasamos por dificultades tan grandes que no tenemos fuerzas ni para concebir la esperanza en nuestro corazón. Pero hoy no se trata siquiera de levantar los ojos hacia el horizonte. Basta con hacer lo contrario. Los bajamos y leemos el texto del Evangelio de este día. Lo leemos con tranquilidad. Dejamos por un momento la mente vacía de otros pensamientos y sensaciones. Lo volvemos a leer. Cerramos los ojos. Hacemos memoria de esas palabras pronunciadas por Jesús. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…” Y nos dejamos llevar. 

      Son palabras que consuelan. Son como un aceite para las heridas. Son descanso. Son paz. Son experiencia concreta del amor de Dios. Son palabras que nos dicen que Dios nos ama, que cura nuestras heridas, que escucha y atiende a nuestros lamentos. No nos hablan de compromiso, de lo que hay que hacer. Por una vez, no se trata de que Dios nos hable sino de que Dios nos escucha, de que podemos poner en sus manos todo lo que nos hace daño y nos agota y nos agobia. Y dejar pasar así un tiempo, sintiéndonos queridos y abrazados. 

      Eso es el Adviento: sentir que Dios llega a nuestras vidas. 

Fuentes:

Audio: Rezandovoy.org

Texto: Ciudadredonda.org

Sábado 21 de noviembre -Reflexión-

Existe la llamada “trampa saducea”. Consiste en hacer preguntas a alguien para tenderle una emboscada y dejarlo en mal lugar, responda lo que responda. Es lo que tratan de hacer a Jesús aquellos  especialistas de la casuística, al presentarle este caso matrimonial tan hipotético como ridículo: Partiendo la “ley del levirato” (cf. Dtr 25), le preguntan quién será en el más allá el definitivo marido de una misma mujer, repetidamente viuda y sin descendencia, casada con varios hermanos sucesivamente fallecidos. La treta dialéctica es sibilina. Jesús, además de sortearla, aprovecha para añadir algunas enseñanzas sobre el matrimonio y la resurrección.

  • La primera lección es sobre el matrimonio. No lo desacredita ni banaliza. Ha sido instituido por Dios mismo quien ha creado al hombre y a la mujer. La diferencia de sexo no es solamente biológica, para asegurar el placer y la reproducción de la especie. También los animales retozan y se reproducen. Si fuera solo por motivos biológicos, no habría necesidad de sacramento. Objetivo del matrimonio es también el amor recíproco. Los humanos necesitamos compartir la vida con otros. No podemos vivir sin un amor personal y estable. Pero la institución matrimonial no es definitiva.  Con la muerte de uno de los dos cónyuges, el vínculo se deshace. En la otra vida, las cosas serán de distinta manera.

  • La segunda lección es sobre la resurrección. Ésta alude al centro mismo de nuestra fe: aquello que ilumina y da sentido a la vida y a la misión de Jesús. ¡No vivimos para morir sino que morimos para resucitar! Pero a la fe en la resurrección no se accede mediante el debate, sino por el testimonio. Más que un milagro, la resurrección es un misterio. No podemos imaginar la vida después de la muerte de modo terreno, como si fuera un calco de esta vida presente. Es mucho más que eso. Es una dimensión de la existencia que no puede ser medida ni comprendida desde nuestros criterios. Por eso tampoco admite ser defendida o rechazada con argumentos terrenales. Decía L. Evely que “para el hombre moderno la única resurrección es haber experimentado que Cristo actúa en su vida”. La única resurrección que interesa es sentirse depositario de la energía resucitante de Cristo y también responsable de hacerla efectiva. Al decir que serán como ángeles, no está negando la condición corporal de los resucitados. No sabemos cómo son los ángeles, pero aquí el acento está en que no morirán. Los santos son amigos de Dios. Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Él nunca pierde a sus amigos, porque viven para siempre.


    Fuentes:

    Audio: Rezandovoy.org

    Texto: Ciudadredonda.org

Viernes 20 de noviembre -Reflexión-

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,45-48):

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos.”»
Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.


El evangelio de hoy refiere un flagrante desalojo: Jesús expulsa del templo a los vendedores con un gesto provocativo y polémico. Sin duda que esta escena suscita preguntas nunca del todo aclaradas: ¿Qué explicación tiene ese “exceso violento” -algún evangelista alude a un improvisado látigo- de Jesús? ¿Cómo compaginarlo con su mensaje de paz, perdón y de misericordia universales? Si el mismo Jesús enseña que no hay que dar culto a Dios “ni en este monte ni en Jerusalén” sino en “espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-23), ¿a qué viene esa defensa a ultranza de un espacio religioso que el mismo Jesús suprime e invalida? Tratemos de entender la Palabra de Dios para acoger su mensaje y sus exigencias.

  • La violencia del Cordero. ¿Cuál fue la verdadera razón del estallido de cólera de Jesús? ¿Qué es lo que verdaderamente él quería atacar al desalojar a los vendedores del templo? Con su gesto corrige contundentemente los abusos ocasionados por la mezcla deleznable de religión y comercio que se daba en el Templo: la falta de respeto, el cambalache, el lucro y el negocio a costa de lo sagrado. Lo interpretó aguzadamente san Agustín: “¿Quiénes son los que venden corderos y palomas? Los que en la Iglesia buscan su propio interés más que el de Cristo?”. Contra eso arremete Jesús. Si bien es verdad que volcó mesas y sillas de los cambistas, los evangelistas se cuidan de no presentar a Jesús golpeando a personas. Así expresa su indecible indignación ante el mal del mundo. Es la violencia de los pacíficos, la del no doblegarse ante la corrupción. Ch. Péguy lo denominaba “las grandes cóleras blancas”.

  • ¿Dónde encontrar a Dios? El templo no será ya el único lugar para encontrar a Dios. Él no se confina en lugares determinados. Jesús purifica así la religión. Lo que cuenta es la relación personal y sincera con el Padre, no tanto los espacios ni las instituciones sagradas. Lo que importa es el encuentro y el auténtico servicio a Dios. Jesús depura y radicaliza la praxis religiosa al indicar que Dios está en los corazones de quienes le busquen y amen. El verdadero templo está “en espíritu y en verdad” y Cristo es el único enlace con la divinidad. Si esto es así, ¿cómo se explica la beligerante defensa que el mismo Jesús hace en esta ocasión del Templo? Jesús no despreció el Templo: Enseñaba en los montes, en la llanura, en el lago y, en sus últimos días, sobre todo en Jerusalén a la sombra del Templo. Lo cual nos está diciendo que debemos acostumbrarnos a ver a Dios en todas las cosas, pero también en los espacios donde ha querido vincular su presencia: En los pobres, en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad reunida en su nombre, en los pastores de la comunidad, en la naturaleza y en la historia, en la propia conciencia… que son Templo de Dios.  


    Fuentes:

    Audio: Rezandovoy.org

    Texto: Ciudadredonda.org

Jueves 19 de noviembre -Reflexión-

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,41-44):

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»


El evangelio de hoy nos estremece al contemplar a Jesús llorando. En su llanto por Jerusalén reconoce el fracaso –al menos parcial- de su misión. El Maestro llamaba a las puertas, pero no las derribaba. De nada sirvieron sus esfuerzos ante quienes se le cerraban a cal y canto. La Ciudad Santa es paradigma de cualquier comunidad o iglesia.

  • Una comunidad necesita un principio de unión. En una ciudad hay calles, plazas, paseos, edificios. Es un espacio plural. Toda congregación humana también es plural. Está formada por personas distintas y con diversos intereses. Solo consiguen componerse si dejan a Dios un espacio en medio. Sin el sentido de Dios es imposible la unidad. Contemplar un grupo humano dividido es, a veces, más triste que avistar las ruinas de una ciudad. También hace llorar a Cristo.
  • Una comunidad necesita la paz. El bienestar de un grupo exige además la paz. Una persona enojada no puede conciliar el sueño, pierde el apetito, se aísla. El malhumor nos hace incluso mirar mal a quienes nos hacen el bien. Es imprescindible recuperar y mantener la paz para seguir juntos. Ello explica la existencia de medios para alcanzarla (la negociación, el olvido, el tabú, la expulsión, la ley…). Muchos de estos medios no pasan de ser anestesia para evitar dolor, pero es dudoso que sirvan para sanar a fondo las heridas. Sólo en la misericordia está la paz verdadera. Y sólo Dios la fabrica.
  • Una comunidad necesita la verdad. Los psicólogos registran la existencia de un trastorno mental que lleva a confundir las propias ilusiones con la realidad. Por ciertos mecanismos proyectivos hay personas que lo padecen. Y el no distinguir trae confusión y división. Si varios no se entienden, terminan enfrentándose. ¿Cómo evitar la confusión? ¿Cómo acceder a la verdadera realidad? ¿Cómo escapar de esa confusa ofuscación? Las cosas son como Dios las ve. Pero, su visión está escondida para muchos, no porque Él quiera ocultarla sino porque se niegan a admitirla. Dios nos hace coincidir en la verdad y con ella crece el resplandor de la concordia.

El infierno es ese lugar en el que no hay unión, ni paz ni comunión en la verdad. Allí no tiene cabida el amor y las personas se vuelven como bestias. Ante ese espectáculo infernal, Jesús de Nazaret sigue llorando… y esperando.


Fuentes:

Audio: Rezandovoy.org

Texto: Ciudadredonda.org

Busco una verdad

Cardenal Carlo M Martini – Viernes, 4 de febrero de 2011

Todos andamos en busca de la verdad.

Deseamos la verdad, la buscamos,

la pedimos y la queremos para cada momento de nuestra vida.

Si tuviera que traducir esa búsqueda, la traduciría como un deseo de ser auténticos.

Deseo ante el Señor y ante todos vosotros, ser auténtico.

Quisiera que existiera una correspondencia entre los gestos y las palabras,

una correspondencia entre las palabras y las acciones,

una correspondencia entre las promesas y los cumplimientos,

una correspondencia entre lo que nosotros queremos ser

y lo que tratamos de ser y nos esforzamos por ser en nuestra vida cotidiana.

Deseamos la verdad, deseamos la autenticidad,

deseamos que, en nuestras palabras, gestos y acciones, todo lo que decimos y hacemos, 

corresponda a lo que el Señor pone dentro de nosotros.

Que no haya rechazo, 

que no exista diferencia ni distancia entre lo que sentimos y lo que vivimos.

Buscamos juntos la autenticidad, la deseamos y la queremos

en las relaciones de amistad, de fraternidad, en las relaciones cotidianas entre nosotros.

Busco, Señor, una verdad que sea genuina y pura como el agua,

que sea simple como el pan,

que sea clara como la luz,

que sea poderosa como la vida.

Busco una verdad que sea genuina y pura como el agua:

una verdad que no tenga que pedir prestada cada vez a unos y a otros,

a derecha y a izquierda;

una verdad para la que no tenga que referirme continuamente a modelos externos,

sino que me salga de dentro;

una verdad que continuamente se renueve en mí y en cada uno de nosotros

como se renueva continuamente, siempre nuevo y siempre igual,  el agua del manantial.

Busco una verdad que sea simple como el pan:

una verdad que se pueda tocar, que se pueda ver, 

que no nos engañe, que no sea complicada ni difícil

y que, como el pan, pueda ser repartida, dividida y distribuida a otros.

Una verdad que nosotros podamos mirar a la cara, tocar, meditar

y acercarla a nosotros de manera sencilla.

No una verdad por la que estemos obligados a pensar continuamente 

en qué consiste y qué significa, sino una verdad que, en sí misma, como el pan,

nos comunique su sustancia, su capacidad de nutrirnos, su realidad concreta e inmediata.

Busco una verdad que sea clara como la luz:

una verdad capaz de renovarse siempre, nunca cansada de sí misma;

una verdad que continuamente resurja de su propio cansancio,

de su propia desconfianza,

de su propio acomodo perezoso;

una verdad que continuamente reviva en nosotros,

que sea poderosa igual que la vida es poderosa.

Ésta es mi búsqueda, nuestra búsqueda, el deseo que pongo en común con vosotros

porque confío en que éste sea también vuestro deseo, nuestra búsqueda común.

Pero la verdad es débil.

Porque se necesita poco para oscurecerla y herirla.

Es débil en nosotros, porque nuestra fragilidad la pone constantemente en duda.

Es muy fácil ensuciar una fuente: basta echarle un puñado de tierra.

Es muy fácil cerrar los ojos y no ver la luz.

Es muy fácil, por desgracia, suprimir la vida: 

basta un momento de odio, un arma en la mano, 

basta una jeringuilla, bastan poquísimas cosas para suprimir una vida.

¡La verdad es frágil!

Frágil como el agua que discurre por la tierra y que cualquiera puede pisar.

Es frágil como el pan que se tira.

Es frágil como la luz que se puede no ver.

Es frágil porque está en manos frágiles,  en vasos de barro que somos nosotros.

Es frágil porque continuamente puede ser rota, partida, pisada, olvidada, traicionada…

Y nos dice Jesús de Nazareth:

Yo soy el agua viva que nunca se acaba y que apaga la sed,

yo soy el agua viva que brota hasta la vida eterna.

Yo soy el pan de vida. El que come de él no morirá.

Yo soy la luz que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden ocultar.

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá

y todo el que vive en mí tendrá vida eterna.

Señor, tú eres mi verdad, tú eres la verdad del hombre.

Tú, Padre de Jesucristo, te has convertido en mi verdad,

y en el Espíritu, cada día, te haces verdad en mí.

Y tú eres el primero, Señor, en hacerme hombre y en el darme esta verdad.

Si tú me faltas, si tú te alejas, yo ni siquiera soy hombre,

soy como una piltrafa, como un náufrago que busca la salvación y no la encuentra,

un náufrago al borde de la muerte.

Señor, tu gracia, tu verdad, tu luz, me hacen hombre

y son ni gracia, mi verdad y mi luz.

Escúchame viejo amigo,

¿es que te has vuelto inclemente?

Me reflejas diferente 

ya no eres bueno conmigo.

No te enfades mi señora

por lo que ahora percibes

si comentarios recibes

y no piropos, ahora.

Estas libras y estas canas…

ya no me luce el vestido…

¡Jamás lo habría creído!

¡Y estas arrugas! ¿son vanas?

Tú bien sabes que no es cuento.

que la juventud se enrancia.

¡Aprovecha tu elegancia!

¡Te ha llegado ya el momento!

¡Me hieres el corazón!

¡Espejo, has enloquecido!

¿Cómo es que te has atrevido?

¡Sé que aún no tienes razón!

Sabes que mucho te quiero,

nunca osaría mentir

ni cosas feas decir.

Soy un amigo sincero.

Creértelo no querría,

pues si aceptara el reflejo

tendrías razón, mi espejo.

Ya hablaremos otro día.

Fuente: Poema Sobre la verdad del reflejo

Como la cierva anhela los arroyos
así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo,
¿cuándo podré ver tu rostro?

Cuando mi vida se vuelve gris,
cuando me pregunto: ‘¿dónde estás?’
cuando me asalta la nostalgia por tiempos mejores,
cuando desfallezco y me siento apagado,
entonces me vuelvo a ti, Dios mío.
Te preguntaré: ‘¿dónde estás?’
Te diré: ‘no me olvides’,
y tú me responderás.
De día me enviarás tu amor
y de noche cantaré tu canto

Cuando me sienta cansado,
cuando me invada la duda,
cuando me duelan las cosas,
cuando me falte el amor,
entonces me volveré a ti, Dios mío.

Enviarás tu luz y tu verdad
ellas me guiarán,
me llevarán por el camino de la vida
y me darán la alegría profunda,
la esperanza firme,
la luz única.

 
  • Inspirado en los salmos 42 y 43

Íconos del misterio – La Experiencia de Dios

La Experiencia de Dios

iconos-del-misterio-raymond-panikkar-18206-MLU20151798182_082014-FLa experiencia de Dios, en tanto que experiencia de lo divino, es para Panikkar una experiencia “no sólo posible, sino también necesaria para que todo ser humano llegue a la conciencia de su propia identidad”. Porque “el ser humano es plenamente ser humano si hace la experiencia de lo divino, si no, no llega todavía a integrarse en lo humano”. Pero esta experiencia de Dios no puede ser “monopolizada por ninguna religión, por ninguna CULTURA, por ningún sistema de pensamiento”. 
La experiencia de Dios “no es experiencia de nada, ni siquiera experiencia de nadie, no es una experiencia especial ni especializada: es la pura experiencia, es precisamente la contingencia de estar con, de vivir con, porque yo no soy, no puedo ser un ser aislado”. Por eso es “la experiencia en profundidad de todas y cada una de las experiencias humanas…la raíz máxima de toda experiencia”, así, “sin los lazos que nos unen con toda la Realidad yo no puedo tener experiencia de Dios”. Es la experiencia de la “contingencia”: cum tangere, tocar la tangente, el reconocimiento de los propios límites, donde uno percibe que hay algo “más”, “más allá, algo que supera, que escapa de los propios límites, que trasciende toda limitación.

Descargar Aquí: Panikkar Raimon – Iconos Del Misterio – La Experiencia De Dios

Fueron bellas tertulias

Hace algunas semanas pasó por éstos lugares una persona que de una u otra manera ha enriquecido mi entendimiento. Cuando nos ponemos delante de alguien que conoce la vida por experiencia da gusto sentarse a escucharle, a preguntarle, a buscar una luz para nuestro camino ya que éstas personas pueden tener algunas alternativas que son respuestas para nosotros. 

Sí, ha sido un honor conocer a alguien que desde la alegría, desde las lágrimas, desde la preocupación y desde el renacer de la esperanza se pudo despedir una sonrisa por el tiempo pasado, por el presente y por el futuro. 

No hablamos de la naturaleza inmanente de la Trinidad ni mucho menos de lo ilógicos que pueden parecer algunos dogmas; pero sí que hablamos de lo misterioso que es el actuar de Dios en la Humanidad, de lo maravilloso que es quedarse a la vera del camino y ver pasar a alguien que de una u otra manera experimenta a Dios en lo cotidiano: en la cocina, en el jardín, en el campo, con la escoba, con la tijera, con la podadora… en el hospital, detrás de una cámara, delante de un grupo,… en fin en lo cotidiano. Eso es un milagro… 

Como cada uno se habrá dado cuenta que hay personas que no necesitas 15 años para poder depositar tu confianza, como las hay aquellas que después de 50 años de vivir juntos sigues siendo un desconocido. 

En resumidas cuentas el que conoce más -el más sabio-: juzga menos, defiende más, no le cuesta callar y por lo general sabe sonreír.

Simplemente gracias… Meche!!!

Gracias, Señor, porque nos diste cariño
en que abrimos a tu luz nuestros ojos ciegos;
gracias porque la fragua de tus fuegos
templó en acero el corazón de estaño.

Gracias por la ventura y por el daño,
por la espina y la flor; porque tus ruegos
redujeron nuestros pasos andariegos
a la dulce quietud de tu rebaño.

Porque aquí floreció tu primavera;
porque tu otoño maduró las almas amigas
que el invierno guarece y atempera.

Y porque entre tus dones nos bendiga
—compendio de tu amor— la duradera
felicidad de una sonrisa amiga.DSC_1173

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Reflexión para Hoy miércoles

Reflexión para Hoy





un corazon que escucha

La esperanza

La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza. 

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación. 

Y la desesperación superada, eso es la esperanza. 

15440795Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el reponso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías. 

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación. 

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla. 

En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable: sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza.

Reflexión para Hoy martes

Reflexión para Hoy martes



un corazon que escucha

La doma del corazón 

Me has seducido, Señor Dios, y yo me dejé seducir; 

me has agarrado, y me has podido 

(Jeremías 20, 7) 

Frente al actuar de Dios, hay como dos tiempos. Primero un tiempo de rumia y de intimidad; y luego otro tiempo de acción y de fidelidad. 

Cierto que a veces Dios puede invertir esos dos tiempos. Nos hace partir ingenuamente en una actitud de acción en la fidelidad, para luego llevarnos a esa rumia peleada en la intimidad. Y puede suceder que a veces hasta nos entrevere las dos realidades, que tienen así que ser vividas a la vez en una fidelidad clara por fuera, y en una lucha profunda y oscura por dentro. 

Pero suele ser frecuente la primera forma. Dios nos pone frente a un misterio exigente de nuestra vida. Nos llama a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz y a seguirlo. Nuestro corazón, tomado por sorpresa, no logra aceptarlo y se subleva. Y Dios nos invita a aceptar ese corcovear de nuestro corazón. Dios no se asusta de nuestra lucha por domar el corazón a fin de prepararlo para la disponibilidad. El Señor Dios acepta la queja, la protesta, y hasta la blasfemia contra sí o contra lo nuestro. Porque el Señor Dios, como todo viejo domador, conoce que la mejor entrega es aquélla que previamente ha probado la incapacidad de resistir, en eso de agotar todos los recursos para liberarse de esa otra voluntad más fuerte. Esa otra voluntad que nos lleva a poner todo nuestro brío al servicio de algo. 

Tenemos así que comprobar, o hacerle comprobar a nuestro corazón, que Dios es tan ingenioso, o más, en eso de prever imprevistos, y en el no dejarse sorprender. Pareciera como que Dios quiere previamente mostrarle a nuestro corazón toda su capacidad de fuerza y toda su riqueza de recursos. La riqueza oculta en Dios, y también la riqueza que hay en el propio corazón. 

Una vez que el corazón haya comprendido la grandeza y la misteriosa fuerza de Dios, se animará al fin a poner su propia riqueza al servicio de la fuerza de Dios, y a trabajar en algo realmente positivo. Pero esa riqueza primero hay que descubrirla en la lucha por dentro con Dios. 

servicioEl corazón no perderá su brío. No señor, al contrario. La dura lucha de la doma habrá llevado hasta sus límites la experiencia de sus fuerzas y sus posibilidades. Pero al haber tenido que enfrentarlas con las de Dios, habrá también experimentado sus propios límites y habrá descubierto “lo más allá” de Dios. Su frontera de misterio, más allá de la cual aún sigue su fuerza, su grandeza y su inteligencia. Porque esa rica experiencia de la lucha lo dispondrá mejor para poner su propia fuerza y su instinto al servicio de la fuerza y del instinto inteligente de Dios. 

Sigo pensando que lo que construye al hombre no es la libertad, sino la disponibilidad para poner sus fuerzas y su libertad al servicio de algo… o de Alguien.