Comentario al Evangelio de hoy miércoles, 3 de agosto de 2016

       A veces tenemos una idea de Jesús como si hubiese sido una especie de extraterrestre. Alguien que, aún con apariencia humana, en realidad su ser Dios le evitó todos los proceso normales por los que pasamos las personas. Nada de eso. Dios no hace ninguna cosa a medias. Y, cuando se encarnó, lo hizo de verdad. Es decir, asumiendo todos los procesos humanos en toda su profundidad y anchura. Jesús fue niño con todo lo que eso implica. Jesús vivió sometido a los procesos de crecimiento y maduración normales en su época. Jesús fue hijo de su cultura. Nació judío. Pensó como judío. Hablaba como judío.

      Pero todo eso estaba fecundado por esa presencia de Dios que le hacía vivir de otra manera y atisbar otros horizontes para su vida y para la vida de todos aquellos con los que se encontraba.

      El texto evangélico de hoy es uno de los momentos concretos en los que vemos a Jesús dar el salto más allá de lo normal y situarse en una perspectiva nueva y diferente. No sin dificultad, Jesús es capaz de situarse más allá de los prejuicios culturales. De los que existían entre los judíos, como existen en todas las culturas.

      Seguramente que lo primero que pensaron tanto Jesús como sus discípulos, al oír las palabras de aquella mujer cananea, era que lo normal es que su hijo tuviese un demonio muy malo porque ella misma era un demonio. Esa era la forma normal de pensar de los judíos sobre los paganos, sobre los de fuera, sobre los que adoraban a otros dioses. Tener contacto con ellos era motivo de impureza. Era parte de castigo por el pecado de Israel que su misma tierra estuviese llena de todos esos hombres y mujeres “impuros” que no reconocían al verdadero Dios, al único, al Dios de Israel.

      Jesús no la rechaza directamente pero dice, de entrada, que él sólo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Es la mujer la que, con sus palabras, provoca a Jesús, despierta en él algo más profundo y le hace darse cuenta de que el amor de Dios es para todos, sin excepción y que se expresa y se manifiesta allí donde encuentra un corazón abierto y receptivo.

      En ese momento, Jesús fue capaz de superar los prejuicios de raza y de cultura. En su proceso de crecimiento humano se dio cuenta de que la humanidad es una sola. Y que no hay razón para discriminar por razón de etnia, de origen, de color, de religión, de cultura, de lengua, de nada. Que todos somos hermanos y hermanas y que el amor de Dios es para todos sin que nadie pueda quedar nunca excluido.

      Estaría bien que nosotros, que queremos seguirle, fuésemos también superando los muchos prejuicios que a veces llenan nuestras vidas. Hasta llegar a ver en el otro un hijo/hija de Dios. Un hermano siempre.

Jueves de la Tercera Semana de Cuaresma

Las acciones de Jesús despertaban sentimientos de admiración por parte de la mayoría de la gente. Su modo de actuar era entendido como consecuencia de su envío por parte del Padre. Sin embargo, también existieron personas que se negaron a entender a Jesús y a su mensaje y, en vez de seguirlo, respondieron con hostilidad. Estas personas lo acusaron y trataron de explicar el poder de Jesús sobre los demonios porque Jesús no habría sido enviado por el Padre sino por Belzebú, príncipe de los demonios. Con la maestría propia de Jesús, él explica el equívoco de sus opositores y deja ver con absoluta claridad su propia autenticidad. Además de responder la grave acusación que se le había hecho sino que Él mism0 se convierte en acusador de sus propios acusadores y en todos aquellos que no aceptan su mensaje. Ante Jesús no se justifica la indiferencia. Sus palabras y acciones exigen una toma de posición, pues como él mismo lo afirma: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11, 23)

Padre de bondad que nos has mostrado tu amor mediante las palabras y acciones de tu Hijo, concédenos superar la indiferencia ante su mensaje. 

¿Qué cosa es la TAU (T)?

Origen antiguo
 
La Tau es la última letra del alfabeto hebreo y se utilizó con valor simbólico desde el Antiguo Testamento; se habla de ella en el Libro de Ezequiel: “Recorre toda la ciudad de Jerusalén y marca con una T la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella” (Ez 9,4). La Tau es el signo puesto en la frente de los pobres de Israel, salvándoles así del exterminio.
 
Fue después adoptada por los primerísimos cristianos por un doble motivo:
 
1. Como última letra del alfabeto hebreo, era una profecía del último día y tenía la misma función de la letra griega Omega, como aparece en el Apocalipsis: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tiene sed le daré gratis de la fuente de agua viva… Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 21,6; 22,13).
 
2. Los cristianos adoptaron la Tau, porque su forma les recordaba la cruz, sobre la que Cristo se inmoló para la salvación del mundo.Tau
 
Lo que no es
 
La Tau no es un amuleto mágico.
 
No es un fetiche, ni mucho menos un juguete cualquiera.
 
No da buena suerte ni hay que colgarlo porque “trae el bien “.
 
De qué es signo
 
Es el signo concreto de una devoción cristiana, pero sobre todo un compromiso de vida en el seguimiento de Cristo pobre y crucificado.
 
Es el signo de reconocimiento del cristiano, es decir, el hijo de Dios, del hijo salvado del peligro, del Salvado. Es un signo de poderosa protección contra el mal (Ez 9,6).
 
Es un signo querido por Dios para mi, es un privilegio divino (Ap 9,4; Ap 7,1-4; Ap 14,1).
 
Es el signo de los redimidos por el Señor, de los sin mancha, de quienes se fían de Él, de quienes se reconocen hijos amados y que saben que son preciosos para Dios (Ez 9,6).
 
Es símbolo de la dignidad de los hijos de Dios, porque es la Cruz que ha sostenido a Cristo.
 
Es un signo que me recuerda que debo yo también ser fuerte en las pruebas, dispuesto a la obediencia del Padre y dócil en la sumisión, como lo fue Jesús a la voluntad del Padre.
 
San Francisco y la cruz
 
San Francisco de Asís, por la semejanza que la Tau tiene con la cruz, tuvo mucho cariño a este signo, tanto que éste ocupó un lugar relevante en su vida y también en sus gestos. En él, el viejo signo profético se actualiza, se vuelve a colorear, vuelve a adquirir su fuerza salvadora y expresa la bienaventuranza de la pobreza, elemento sustancial de la forma de vida franciscana.
 
“Con este sello, san Francisco firmaba cada vez que, bien por necesidad, bien por espíritu de caridad, firmaba alguna carta” (FF 980); “Con este comenzaba sus acciones” (FF 1347). La Tau era por tanto el signo más querido para Francisco, su sello, el signo revelador de una convicción espiritual profunda de que sólo en la cruz de Cristo está la salvación de todo hombre.
 
Así la Tau, que tiene a sus espaldas una sólida tradición bíblico-cristiana, fue acogida por san Francisco en su valor espiritual, y el Santo de Asís se apoderó de ella de forma tan intensa y total hasta convertirse él mismo, a través de los estigmas de su carne, al final de sus días, en la Tau viviente que él tanto había contemplado, dibujado, pero sobre todo, amado.
 
¿Por qué de madera?
 
La madera es un material muy pobre y dúctil, y los hijos de Dios son llamados a vivir de manera sencilla y en pobreza de espíritu (Mt.5,3). La madera es un material que se trabaja fácilmente, y también el cristiano bautizado debe dejarse plasmar en la vida de todos los días por la Palabra de Dios, ser Voluntario de Su Evangelio.

Reflexión para Hoy martes

Reflexión para Hoy martes



un corazon que escucha

La doma del corazón 

Me has seducido, Señor Dios, y yo me dejé seducir; 

me has agarrado, y me has podido 

(Jeremías 20, 7) 

Frente al actuar de Dios, hay como dos tiempos. Primero un tiempo de rumia y de intimidad; y luego otro tiempo de acción y de fidelidad. 

Cierto que a veces Dios puede invertir esos dos tiempos. Nos hace partir ingenuamente en una actitud de acción en la fidelidad, para luego llevarnos a esa rumia peleada en la intimidad. Y puede suceder que a veces hasta nos entrevere las dos realidades, que tienen así que ser vividas a la vez en una fidelidad clara por fuera, y en una lucha profunda y oscura por dentro. 

Pero suele ser frecuente la primera forma. Dios nos pone frente a un misterio exigente de nuestra vida. Nos llama a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz y a seguirlo. Nuestro corazón, tomado por sorpresa, no logra aceptarlo y se subleva. Y Dios nos invita a aceptar ese corcovear de nuestro corazón. Dios no se asusta de nuestra lucha por domar el corazón a fin de prepararlo para la disponibilidad. El Señor Dios acepta la queja, la protesta, y hasta la blasfemia contra sí o contra lo nuestro. Porque el Señor Dios, como todo viejo domador, conoce que la mejor entrega es aquélla que previamente ha probado la incapacidad de resistir, en eso de agotar todos los recursos para liberarse de esa otra voluntad más fuerte. Esa otra voluntad que nos lleva a poner todo nuestro brío al servicio de algo. 

Tenemos así que comprobar, o hacerle comprobar a nuestro corazón, que Dios es tan ingenioso, o más, en eso de prever imprevistos, y en el no dejarse sorprender. Pareciera como que Dios quiere previamente mostrarle a nuestro corazón toda su capacidad de fuerza y toda su riqueza de recursos. La riqueza oculta en Dios, y también la riqueza que hay en el propio corazón. 

Una vez que el corazón haya comprendido la grandeza y la misteriosa fuerza de Dios, se animará al fin a poner su propia riqueza al servicio de la fuerza de Dios, y a trabajar en algo realmente positivo. Pero esa riqueza primero hay que descubrirla en la lucha por dentro con Dios. 

servicioEl corazón no perderá su brío. No señor, al contrario. La dura lucha de la doma habrá llevado hasta sus límites la experiencia de sus fuerzas y sus posibilidades. Pero al haber tenido que enfrentarlas con las de Dios, habrá también experimentado sus propios límites y habrá descubierto “lo más allá” de Dios. Su frontera de misterio, más allá de la cual aún sigue su fuerza, su grandeza y su inteligencia. Porque esa rica experiencia de la lucha lo dispondrá mejor para poner su propia fuerza y su instinto al servicio de la fuerza y del instinto inteligente de Dios. 

Sigo pensando que lo que construye al hombre no es la libertad, sino la disponibilidad para poner sus fuerzas y su libertad al servicio de algo… o de Alguien.