Comentario al Evangelio del lunes, 30 de noviembre de 2015

Me encanta el tiempo de Adviento que acabamos de comenzar. Ojalá viviéramos en esta clave de esperanza todos los días del año; una esperanza fundada, no ingenua, pues sabemos de Quién nos hemos fiado, a Quién esperamos y Quién queremos que venga un año más a nuestras vidas.

Pero atención, el Adviento es un tiempo cronológico tan corto -cuatro semanas- que,   aunque los reclamos comerciales de nuestras ciudades con sus luces y sonidos ya comenzaron su particular “adviento” hace unos días, el auténtico puede pasar tan rápido que, como te despistes, puedes llegar a las puertas del día 25 de diciembre casi sin darte cuenta. Lo peor que podría pasar es no haber podido tener ningún momento de calidad para reflexionar y orar la vida en este breve pero intenso tiempo de preparación para el Nacimiento de nuestro Señor. Un tiempo para que el Niño Dios nazca más en ti, en tu familia, en tu lugar de trabajo, en tu ambiente. Hemos comenzado un breve pero intenso periodo para sincronizar nuestro reloj con el tiempo de la Esperanza que la Iglesia nos propone vivir a todos los cristianos.

Es la esperanza en la que creyó Andrés, apóstol del Señor que hoy recordamos, natural de Betsaida, hermano de Pedro y pescador como él. Fue el primero de los discípulos de Juan el Bautista a quien llamó el Señor Jesús junto al Jordán y que le siguió, trayendo consigo a su hermano. La tradición dice que, después de Pentecostés, predicó el Evangelio en la región de Acaya, en Grecia, y que fue crucificado en Patrás.

¿Esperanza? Sí. Esperanza para los pueblos, las sociedades, las familias, los corazones humanos. Esperanza para los lugares y corazones donde Dios no se hace presente: la guerra en Siria o en República Centroafricana -entre otras-, la violencia en Latinoamérica, la sin razón de los atentados terroristas, el drama de los refugiados y emigrantes, el crimen de los niños abortados, las víctimas de la violencia de género… Esperanza para mis violencias y mis guerras interiores…

Y yo Señor, ¿cómo me encuentro al inicio del Adviento? ¿Cuáles son las debilidades que me vencen, que no me dejan alzar la mirada para verte y ver mi realidad más allá, con esperanza? Siento que necesito reposar de vez en cuando, subir a la colina de mi vida y mirar mi caminar con perspectiva; con realismo, pero con esperanza, pues un camino donde Tú vas conmigo, nunca puede terminar mal.

¿Qué me falta para vivir la esperanza del Adviento? Pídele al Señor que te ilumine y te conceda sabiduría para escrutar y discernir qué le falta a tu vida para vivir en clave de Adviento. Pídeselo con fe, con decisión, como los hermanos Pedro y Andrés, que inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Tú y yo también estamos llamados en este tiempo a ponernos delante del Señor para ser curados de nuestras desesperanzas. Confía en Él. Ora más en este tiempo.

Prepara tu corazón para la Navidad. Déjate querer.

¡De corazón, te deseo un feliz Adviento!

Fuentes:

Audio: Rezandovoy.org

Texto: Ciudadredonda.org

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